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Pedro Ticas  
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  => 41. La construcción de la identidad nacional: la unidad de lo diverso y lo sincrético sin devenir
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41. La construcción de la identidad nacional: la unidad de lo diverso y lo sincrético sin devenir

 

(Las identidades Políticas, Étnicas y Religiosas entre Imbricación y Exclusión- I ENCUENTRO EL SALVADOR 2008 )

 

La construcción de la identidad nacional:

la unidad de lo diverso y lo sincrético sin devenir


…son tantos los signos de la esclavitud que en algunos países todavía se presentan como autóctonas, folklóricas y típicas la vestimenta y música utilizadas por la servidumbre durante la Colonia, dicha manipulación sólo reafirma su eterna condición de subordinación…(pt)

 

No cabe duda que los grupos populares reproducen la cultura de los grupos dominantes. Elementos tales como lenguaje, alimentación, gustos, visión del mundo, temor  a las decisiones personales o dependencia indican claramente dicha cultura, por ello, cuando en las sociedades los grupos dominantes representan avance, crecimiento y desarrollo, la sociedad crece con más rapidez y consistencia, pero cuando se trata de grupos dominantes con remanentes feudales, con terror a competir con lo diferente, con lo desconocido, estos transfieren a las sociedades una cultura  del miedo derivada del Colonialismo que reproduce en los sectores populares la condición de esclavo tanto por la explotación admitida, como por la cultura asumida, la cual, entre otras cosas, apenas les conduce a organizarse y concebir el mundo como pequeños feudos en los que se produce la cultura de la inmediatez y la sobrevivencia, sin trascendencia, sin historia de sus propios hechos y transformaciones.

 

Aunque  ciertamente, en buena parte de las culturas prehispánicas la llamada conquista y evangelización española  dejó muerte, violencia, sometimiento, enfermedades, pestes y otras tantas, hoy, después de 600 años, los procesos de aculturación y transculturación realizados a través de la colonización continúan impactando, por ejemplo, en algunos países latinoamericanos en donde se instaló la nobleza o monarquía española, dicha invasión dejó arquitectura  e infraestructura que hoy se utiliza como recurso turístico. Así sucedió también son su cultura y costumbres propias de su estatus social que significó la creación de un sector de poder político-económico criollo de igual cultura, ilustrado y con visión holística del mundo, tal es el caso de México, Guatemala, Perú, Ecuador, Colombia, Venezuela y Chile; pero en aquellos países en donde se instalaron grupos españoles mercaderes, violentos y con baja escolaridad, su única herencia ha sido la conducta de la inseguridad, deslealtad, temor, agresividad, desconfianza, necesidad de poder, enorgullecerse de la ignorancia, en fin, de tantas conductas que ponen de manifiesto la urgente necesidad de transformaciones culturales.

 A propósito de la cultura, conviene recordar que dicho concepto debe considerarse desde sus múltiples, inacabadas y constantes transformaciones simbólicas, empíricas y cognitivas. En el caso salvadoreño, requerimos explicar el fenómeno a  partir de su diversidad y fundamentalmente, de las articulaciones que unen esta diversidad, es decir la Unidad de lo Diverso para desprender de ello lo sincrético y su devenir. Se trata de distinguir las singularidades culturales y desde luego establecer las correlaciones que puedan generarse asociadas a las formas de Globalización que hoy se nos presentan. Al respecto, hace algún tiempo, me ocupé de señalar que desde el siglo XX se ha exigido a países dependientes la obligatoriedad de aceptar, asumir y asimilar patrones culturales para el consumo mercantil, simbólico y cognitivo que los países industrializados les imponen y acepten que las diferencias históricas marcadas por las identidades nacionales pasan a segundo término debido a la globalización y regionalización. Sin duda que hoy se nos presenta una nueva forma de Colonialismo que supedita la historia y las propias Constituciones Nacionales a las normas y reglas de las aventuras económicas, políticas y sociales de los países industrializados sobre los dependientes. Desde luego que no todas las formas de globalización deben considerarse como responsables de la ruptura de estructuras socioeconómicas, culturales e históricas de la sociedad salvadoreña. En el tipo de globalización que hoy experimentamos, una de sus bondades consiste en poner al descubierto las enormes brechas entre pobres y ricos las cuales reflejan la desigualdad económica, educativa y social reafirmando la eterna condición “tercermundista” de los países dependientes. Pero también en algunas áreas, la globalización ha contribuido en el orden científico y tecnológico (vacunas, medicamentos, radio, televisión y otros) que han favorecido el desarrollo humano en general; aunque claro que lo mejor de dichos avances continúan siendo de exclusiva propiedad de las sociedades industrializadas.

En el plano de lo sincrético y su devenir, conviene distinguir el concepto de globalización económica, política y sociocultural a partir de las singularidades de los grupos receptores. Una de ellas consiste en el estudio del concepto de estado-nación sostenido hasta finales del siglo pasado y que ahora ha comenzado a transfigurarse, es decir que los estados dependientes se circunscriben al marco de lo supranacional en donde lo propio, la autonomía y en algunos casos, la misma autodeterminación, se supedita a normas, reglas y disposiciones jurídico-económicas de los países hegemónicos, incluyendo las mismas Constituciones Políticas en las que se obliga la reorganización de sus formas sociales y económicas a tal punto que “las sociedades se transforman y en buena parte de ellas desaparece el concepto de proletariado, obrero y otros tantos acumulados desde hace más de 200 años porque simplemente la evolución de las mismas conlleva a la conformación de nuevas definiciones teóricas sobre la sociedad civil y sociedad politica”[1].  Así las cosas, en el marco de las condiciones actuales, el fenómeno cultural y la asimilación de la nueva cultura, conducta y comportamiento social, resultan imperativos para el análisis de las formas y niveles que adoptará El Salvador para su incorporación al proceso globalizador. Ciertamente en este país en el cual, la conducta heredada del feudalismo se impone frente a la modernidad y las nuevas correlaciones sociales en el mundo, sus niveles y formas de inserción al mundo teconologizado serán más difíciles y extremadamente dependientes, sobre todo por la predominancia del capital financiero que todavía responde a modelos de mediados del siglo XX y en consecuencia, el capital comercial continúa realizándose al estilo de las grandes haciendas o pequeños feudos. En el mismo sentido, no cabe duda que el rezago educativo y cultural manifiesto en los países dependientes se convierte en uno de los principales obstáculos para el desarrollo, incluso, esto mismo debe traducirse como manifestación de violencia porque también “se hace violencia cuando se obstaculiza la inteligencia, la creatividad y las más elementales formas de expresión humana, de manera que no cabe duda que esa es una de las peores formas de violencia, la que se oculta en el atrevimiento de la ignorancia”[2], por ello, el empirismo en la sociedad nacional ha alcanzado tales niveles de incidencia que precisamente el conocimiento científico y sus derivaciones teóricas se supeditan al empirismo particularista que supone que el “único saber objetivo es el de las cosas y los sucesos concretos”[3], en este caso, los individuos conciben la realidad estática, cíclica, en la cual, repiten sus acciones al amparo de soluciones basadas en hechos anteriores, prácticos y circunstanciales en una desafortunada mezcla que les lleva a confundir sus decisiones. Tal es el caso, que dicha confusión alcanza todos los ámbitos y esferas de su vida incluso los referentes a la administración pública en la que se confunde el ejercicio de la Autoridad con el ejercicio del Poder, de hecho, las autoridades locales ejercen Autoridad, pero muy difícilmente llegan a ejercer el Poder que les confiere esa Autoridad, dicha situación les conduce a tomar decisiones abruptas que sólo resuelven lo inmediato, lo diminuto, justo al estilo de los colonos trabajadores de las pequeñas haciendas o fincas que únicamente requerían resolver lo necesario para el día a día tanto en su vida personal, familiar,  colectiva y alimenticia. Precisamente a propósito de esa cultura alimenticia, conviene precisar algunos elementos que muestran las correlaciones entre comportamiento familiar y la conducta sociocultural de la población nacional.

Un factor importante que refleja la condición de lo SINCRETICO SIN DEVENIR se expresa en la cultura alimenticia de una población acostumbrada a sobrevivir. Comencemos por lo básico. La deficiente herencia alimenticia del período Colonial ha dejado en algunos grupos de poder económico y subsecuentemente en la población en general, una conducta y cultura institucionalizada de rezago social reflejada en la cultura alimenticia, la cual, entre otras cosas, se reproduce en ciclos constantes debido a los bajos salarios que apenas cubren lo indispensable para la sobrevivencia. Ciertamente el salario se fija de acuerdo al costo de la canasta básica y ésta se establece en virtud de lo que el trabajador agrícola necesita para vivir, por tanto, en una sociedad acostumbrada a comer tortilla, frijoles, pan dulce con gaseosa, pasteles de masa, pupusas y chilate, es muy normal que las exigencias para modificar su dieta alimenticia este asociada a la costumbre de una economía doméstica que se reproduce en todo el país a través de las unidades familiares y comedores populares, por ejemplo, tal como sucedía con los Colonos en las grandes haciendas o fincas de café desde la Colonia hasta nuestros días, en los sectores populares, los individuos salen cada mañana a comprar a la tienda lo que ingieren diariamente los 365 días del año: huevos, queso, plátanos, crema, pan francés, es decir, que en esencia lo que diariamente come cada salvadoreño como consecuencia de esa cultura heredada (incluyendo grupos de poder, empresarios, sectores medios y pobres) puede resumirse de la siguiente manera:  Desayuno: frijoles, huevo, plátanos, crema, pan, café; Almuerzo: sopa de frijoles, pollo, ensalada, tortillas, arroz; Cena: frijoles, huevo, queso, y muy eventualmente, otro tipo de alimento, incluso los mismos comedores tales como Biguest, Donuts, y similares ofrecen los mismos alimentos diariamente.  En simples términos, la política de producción agrícola de autosubsistencia determinada por el Estado no permite la diversificación alimenticia. Las importaciones aumentan y los productos no varían, por ello, las comidas típicas tales como pupusas, nuegados, chilate, chuco, empanadas y otros, sustituyen a los alimentos nutritivos acrecentando los niveles de desnutrición y sus derivaciones en deficiente aprendizaje escolar,  enfermedades crónicas (tal como sucede con el calendario de enfermedades que se repiten cada año), en tales condiciones, es muy difícil pensar en un país integrado a la globalización. Bajo nivel escolar, deficiente capacidad competitiva, improductivo, satisfactores humanos básicos irresueltos, en fin, una sociedad que todavía no alcanza las formas de organización social básicas que ahora demanda el reordenamiento mundial, muy difícilmente podría integrarse en condiciones favorables para su crecimiento, más bien, estará destinada fundamentalmente a facilitar la circulación y reproducción de grandes capitales de dinero internacional proveniente del sector servicios, mercantil, bancario y empresarial de origen agrícola, pesquero y manufacturero. Aunado a estas condiciones, conviene explorar rápidamente una de las principales consecuencias del peso Colonial: el inframundo cultural de la inseguridad y  la institucionalidad del miedo

Sin duda que los pueblos reproducen la cultura de los grupos de poder. Un grupo de poder rezagado, inculto, temeroso de competir, violento, agresivo y de bajo nivel de escolaridad produce un pueblo en iguales condiciones. Un grupo de poder ilustrado, abierto al cambio y la creación de nuevas estructuras de competitividad, con excelentes niveles de escolaridad, tolerante, armonizador, produce una sociedad dinámica, productiva y propositiva a la creación de nuevas formas de organización y conformación humana.

La cultura se expresa en todas las actividades de la vida económica, politica y social, el consumo mismo constituye una expresión cultural que responde a gustos, sensaciones, emociones y formas, naturalmente, la diferencia entre cada cultura deviene de los gustos que los grupos de poder transmiten a sus pueblos, por ello, la cultura es más que una contemplación folklórica del arte y la creatividad, constituye el principio de identidad expresado en la institucionalidad de los individuos que la crean y recrean y que precisamente en su diversidad se conforma su unicidad objetivada a través de la conducta, el comportamiento y la forma de producir, entender y explicar el mundo[4]. En Discutir la Cultura Nacional[5] he señalado el impacto psicológico, sociocultural y económico  que el período de la Colonia ha dejado en esta sociedad, sin duda que 600 años de historia no desaparecen tan fácilmente. A todas luces, la cultura de dominio del Señor sobre el Siervo continúa siendo la forma de relación social de la sociedad salvadoreña. Por ejemplo, en lo político, social y económico, el individuo se muestra inseguro de tomar decisiones de trascendencia para su vida, prefiere que otro las tome por él debido a su temor al riesgo, entiende que si él hace lo que no debe hacer, otro hará lo que a él le corresponde hacer y que por tanto, se exime de responsabilidad. Precisamente en esta falta de responsabilidad consiste su disociación de pensamiento[6], suponer que otro debe asumir las responsabilidades que el mismo debería asumir. Del mismo modo, la supeditación y subordinación constante se revela en el lenguaje cotidiano: “me regala una gaseosa” aunque la esté pagando;  “me regala una firma” aunque sea deber del otro. De la misma forma sucede con la constante referencia al lenguaje propio del periodo colonial agrícola: “voy hacer una diligencia”, “debemos abonar a esto o aquello”, “quiero agregar un ingrediente”, “trabajemos para cosechar”, “tomar la batuta”, y otros tantos que exponen la precariedad de lenguaje, el cual desde luego, se produce en casi todos los grupos etáreos, políticos, económicos y sociales. En el mismo sentido, en su cotidianidad  se manifiesta la constante ansiedad del poder que le ha sido negado durante toda su historia: “me apaga el celular”, “se me sienta allá”, “hágame fila acá”, en fin, la contradicción entre el poder y la subordinación (libertad y necesidad) heredados del período Colonial derivan esencialmente en dos conductas muy propias de la cultura de la subordinación: el miedo y la inseguridad.  La desconfianza, deslealtad, prepotencia, agresividad e intolerancia son ejemplos claros de derivaciones propias generadas durante el proceso de formación social salvadoreño y predominantemente por el conflicto social vivido durante toda su historia[7].

En Latinoamérica, muy pocas sociedades dedican esfuerzos económicos y académicos para el estudio de la cultura vista como expresión de la institucionalidad; en cambio, en sociedades más industrializadas, el tema resulta de primer orden para su uso político, económico y social.  En lo teórico,  la institucionalidad se define por su sentido, es decir por su legitimidad y función en el todo orgánico de la sociedad. En el sentido de su forma, constituye un  símbolo vinculante entre los sujetos (esfera de lo privado) y el  estado (esfera de lo público) y como contenido, debe ser resultado de los intereses individuales manifiestos en el  todo social. Desde luego que pasar del derecho privado al derecho público constituye una de las principales dificultades en la organización social, política y cultural de cualquier estado. Precisamente una vez cumplida su función de representatividad de los intereses y derechos individuales en intereses y derechos colectivos, la institucionalidad alcanza otros logros y en consecuencia las instituciones del estado se desdoblan en institucionalidad en el momento que los individuos alcanzan su identificación con la institución, misma que refleja su identidad e identificación con lo otro, con el otro a través del intervínculo y su articulación. Finalmente, desde esta definición de la institucionalidad, pensar la construcción de la identidad nacional a partir de la unidad de lo diverso coloca lo sincrético en el marco de un futuro incierto, ambiguo y desde luego con limitadas posibilidades de inserción en un mundo en el cual, solo lo diferente y sus particularidades adquirirán un espacio propio. No cabe duda que en tales condiciones, los individuos asimilan y reproducen en su cotidianidad, en sus relaciones sociales, económicas y culturales, la carencia de una identidad estructurada que exprese la diversidad pero que unifique lo sincrético. 

 

[1] Ticas, Pedro ,Comercio de la calle y urbanismo: dos formas inevitables de la relación dinero-cultura, Co-Latino, Septiembre, 2007

[2] Ticas, Pedro, Socioantropología de la violencia: los genes y las teorías de la conducta heredada ( criminología biológica), Colatino, El Salvador, noviembre, 2001

[3] Silva Ruiz, Gilberto, Antología, Teoría sociológica clásica talcote Parsons, Ed. UNAM, México, 2000. Pág. 122

[4] Ticas, Pedro, Cultura y Política: la herencia detrás del futuro, Ed. AMMT, México, 1992, Pág. 210

[5] Ticas, Pedro, Discutir la cultura nacional, Ed. UTEC, El Salvador, 1996

[6] De Tovar, Rosario/ Mauricio, apuntes sobe psicología de la cultura, et.al, El Salvador, 1996

[7] Ticas, Pedro, Jóvenes en proceso de inserción social, Ed. Corte Suprema de Justicia de El Salvador, Ed. CSJ-Universidad Pedagógica de El Salvador, 2003, Pág. 13

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  Pedro Ticas  
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