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Pedro Ticas  
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61.Las instituciones salvadoreñas: de su inmadurez a su etapa embrionaria

Las instituciones salvadoreñas:
de su inmadurez a su etapa embrionaria


A nadie escapa la idea que por una parte desde su origen etimológico el concepto de Política aparece muy difuso en el saber común y por otra, que dicho concepto debe ser construido a partir de la realidad de cada sociedad, es decir, de acuerdo a su propia forma de organización social, cultural, económica y conformación histórica. Sin embargo, pese al posible determinismo del concepto, también resulta conveniente considerar que la función de lo político y la política dependen del desarrollo y progreso que cada sociedad alcance. Cuando se trata de sociedades como la salvadoreña, el desarrollo de lo político y la política parece haberse quedado en niveles embrionarios o en el mejor de los casos, en su etapa infantil, condición que genera la clara definición de tratarse de una organización política inmadura y por demás inconsistente orgánicamente para la vida productiva del estado salvadoreño.
Así lo demuestran las decisiones políticas tomadas cotidianamente por los partidos políticos nacionales y por todos aquellos que hacen de la política su forma de vida, esto incluye por supuesto a quienes administran el estado político nacional tanto central como municipal. Pero dicha conducta no resulta únicamente de la ineficiencia o incapacidad de lo nacional, dicha conducta también se correlaciona con la conducta y comportamiento de lo externo, de organismos y gobiernos internacionales. Por ejemplo, uno de los grandes problemas inmanejables del estado político salvadoreño se expresa en la violencia incontrolable. Todo indica que el estado nacional no tiene la capacidad o interés por resolver la desafiante cultura del miedo y la inseguridad que asimila la sociedad salvadoreña. Esto permite que organismos internacionales tales como Naciones Unidas, OEA y otros, se atribuyan el derecho de bombardear como lo hace la OTAN en Libia bajo el discurso de la defensoría de las libertades, desarrollo y seguridad de los pueblos. Para el caso, en 2001 surge de Naciones Unidas el documento denominado RESPONSABILIDAD DE PROTEGER[1] en el cual la ONU se atribuye la encomienda de intervenir militarmente en nombre de la paz en aquellas naciones en donde el estado no tenga la capacidad o interés por frenar la violencia o los hechos que vulneren los tan llevados y traídos derechos humanos. 
Precisamente ese mismo organismo apenas cuenta con 2,000 millones de dólares anuales para programas y proyectos contra el hambre, enfermedades, catástrofes medioambientales, etc., mientras que paradójicamente, contrariamente a la filosofía con la que fue creado en función de la preservación de la paz y la armonía, la ONU cuenta con un presupuesto aproximado de 7,800 millones de dólares anuales destinados para intervenciones militares[2]. Con tales ejemplos internacionales, ¿qué puede esperarse de países tercermundistas y de sus decisiones políticas? Parece evidente que muy difícilmente en el contexto del derecho y normas internacionales, estos organismos puedan exigir a sociedades tercermundistas la seriedad y compromiso con el progreso y el desarrollo humano mientras sus propias políticas internacionales dejen entredicho sus verdaderos intereses. Así se demuestra en lo ocurrido en Somalia y Ruanda. ¿ Por qué la ONU interviene militarmente en Somalia y no lo hace en Ruanda en donde en 1994 se produjo una de las mayores matanzas de la historia?. Más de un millón de personas asesinadas en Ruanda y la ONU no movió un solo dedo al respecto, mas bien, como ya es costumbre, únicamente expresó con su tradicional discurso su preocupación y solidaridad emocional con el pueblo ruandés. Por el contrario, en Somalia su respuesta fue diferente. Está claro que la ubicación geográfica de Somalia resulta mas importante debido a los intereses de Estados Unidos y Europa en el transito marítimo mercantil que el Cuerno de África proporciona.
En realidad, basta con observar las inconsistencias e intereses políticos de los mismos organismos internacionales que en nombre del hambre, el analfabetismo, la miseria y las desigualdades sociales imponen modelos y normas a los países hambrientos y desnutridos, a los países dependientes y esclavos que sin dignidad y valoración de lo propio, implementan cualquier ocurrencia política, económica y cultural del mundo occidental. Dicho en otros términos, si el ejemplo de modelo de desarrollo, progreso y vida que deben seguir las sociedades subdesarrolladas y desnutridas se expone en el mundo occidental y en todos los instrumentos internacionales que crean, con toda certeza debe reafirmarse y fortalecerse lo propio, lo autóctono ya que además de la inviabilidad y la perdida de la identidad nacional que se produce cuando se asimila y aceptan modelos de sociedades occidentales, lo cierto es que los pueblos dependientes jamás alcanzarán el progreso del mundo occidental debido a que dicho avance supondría la equidad entre las naciones, igualdad que desde luego nunca será ni siquiera efímeramente pensada por el mundo occidental. En tal sentido, en el contexto interno, aunque en el discurso político se presente la imagen benévola y benefactora del estado a través de disposiciones económicas como el aumento del salario mínimo, reducción de algunos precios y sin la intención de profundizar en la dramática y penosa forma de administrar el estado nacional, en su desorden económico y el predominio del modelo feudal del capitalismo individual a ultranza, basta con señalar que dichas disposiciones económicas reafirman cada vez mas, la ausencia de un proyecto de nación, de una nación estructurada y lógicamente ordenada, de un estado con una estructura poblacional sólida, productiva y debidamente armónica, reafirma en síntesis la eterna pregunta del todo social de encontrar la verdadera función del gobierno nacional en un país que vive de novedades temporales, acéfalas, efímeras y disfuncionales, es decir, un país sin institucionalidad.  
 
La cultura de la sociedad civil: el nicho perfecto del show y arcaísmo político
Como siempre, el círculo repetitivo sobre los temas de la vida nacional salvadoreña obliga a reescribir lo que posiblemente en cientos de veces se halla dicho, pero dada la condición pasiva de esta sociedad se hace necesario insistir una y otra vez hasta que la realidad demuestre lo contrario o la sociedad comprenda el mensaje y despierte de su letargo. En este país, la política, economía, seguridad pública, educación, salud, vivienda y gobierno se estructuran en un mismo círculo repetitivo de incontables errores administrativos, gerenciales, políticos y económicos que muy difícilmente abren paso al progreso de un país que presenta más signos de involución que de evolución. 
En el contexto de apreciaciones generales, esta sociedad aprende un concepto nuevo por año. Durante ese tiempo lo utiliza y repite en casi todas las formas que su lenguaje adquiere, desde luego se trata de conceptos importados que muy poco se comprenden. Sin duda que vivir de la caridad internacional implica la perdida y venta de lo propio al mejor comprador. Así lo demuestran las innumerables decisiones políticas fracasadas que desde el gobierno ejecutivo se han tomado desde siempre, por ejemplo, la importación de modelos económicos, educativos, sociales, culturales, modelos de vida y otros tantos que esta sociedad y gobierno han reproducido durante toda su historia. Esto deja muy claro la más absoluta desvaloración de lo nacional, de lo propio, de lo autóctono, del compromiso con la nación y el futuro de este país. Sin duda que en todo ello, subrepticiamente una buena cantidad de organismos internacionales han encontrado en la pobreza, hambre y bajo nivel educativo de El Salvador, su mejor nicho y justificación de su existencia, por ello, los llamados “programas de desarrollo” nacionales siempre resultan sujetos a las condiciones de lo que estos organismos imponen para proporcionar financiamiento. Lamentablemente, esta penosa y deshonrosa condición de nuevas formas de esclavitud involucra a buena parte de la sociedad civil, política y gobierno, de manera que tal parece que las posibilidades de lograr mayor dignidad se alejan cada día con apresurada celeridad.    
Como siempre he señalado, la sociedad salvadoreña parece estar conforme y feliz con lo que tiene. Feliz y conforme con la historia administrativa del estado que parece incompetente en casi todas las esferas de la vida pública y privada, conforme con la condición de subordinación eterna a las disposiciones de los países que deciden sobre la vida nacional, con la reproducción de una sociedad violenta, agresiva, sin esperanza, sin proyecto y visión propia del futuro, una sociedad caótica, sin vida y sin dinamismo, en síntesis, una sociedad que se construye de momentos desarticulados, improvisados y temporales. Pareciera ser que se trata de una sociedad que no logra producir ni las formas mas primarias del pensamiento y el conocimiento, pareciera ser que se trata de una sociedad destinada a continuar siendo el laboratorio de todas las experimentaciones humanas biológicas, ambientales, económicas, políticas, jurídicas y culturales que se le ocurren al mundo occidental. 
En el mismo sentido desde hace muchos años he sostenido que la sociedad salvadoreña no ha alcanzado la madurez propia que la organización de la sociedad civil demanda[3], sobre todo cuando se trata de la reconformación de sociedades más complejas. Todo indica que esta sociedad no logra romper las barreras del estatismo político, de hecho parece que su principal interés consiste en participar del espectáculo político que de solucionar sus verdaderos problemas de hambre, pobreza y subdesarrollo. Vive más atenta al show de los políticos que de soluciones de los problemas de su colonia, de la seguridad, del progreso. Naturalmente que esta cultura del conformismo, apatía y rezago constituye parte del modelo social implementado por algunos grupos de poder desde principios del siglo pasado. Triste y lamentable condición de la eterna esclavitud de una sociedad que parece destinada a la eterna dependencia y la manipulación completa de otras sociedades. Esa, parece ser, la identidad nacional, eso, parece ser lo que le gusta, aunque también es importante e imperativo señalar la existencia de múltiples particularidades y singularidades que piensan en un proyecto de nación, en una sociedad de progreso. Desafortunadamente dichas iniciativas individuales, colectivas, políticas o culturales, publicas o privadas no trascienden en la sociedad debido a que dicha sociedad no ha alcanzado el nivel de madurez para recibirlas y ejecutarlas.   
 
Los pequeños exabruptos institucionales sin proyecto de nación
Nuevamente volvemos al carrusel del espectáculo que presentan las instituciones nacionales y que reafirman su inmadurez y por demás inconsistencias administrativas y conceptuales. El problema de las limitaciones e inconsistencias de la mayoría de las instituciones de este país tiene como origen las mismas formas, mecanismos e historia con las que cada una de ellas cuenta, es decir, el problema de sus enormes rezagos se sustenta en la historia de su creación y en su participación en la historia político-administrativa nacional. Casi la totalidad de las instituciones de gobierno gozan de un proceso de creación y formación disfuncional. En realidad se trata de instituciones mas análogas a sistemas administrativos hacendarios y obsoletos que a procesos innovadores, modernos y avanzados. Sus mismas formas de organización y trabajo cotidiano ponen al descubierto las enormes brechas entre su propia organización hacendaria y las exigencias técnicas que los países industrializados les exigen para la continuidad de su manutención.
En este país, a casi 20 años de haber finalizado el conflicto armado y de la circulación de millones dólares durante la guerra, con mas de 30 años de supuestas capacitaciones técnicas, productivas, académicas y científicas realizadas por un sinnúmero de organizaciones no gubernamentales, gobierno y empresa privada, resulta evidente que dichas capacitaciones no se reflejan en el avance de la sociedad, por el contrario, en lo económico, su producción expresa una regresión a modelos propios del capital individual a la usanza de las postrimerías del feudalismo. De igual forma la agricultura desapareció. La pesca no constituye una forma de capital nacional y la producción de mercancías que generen capital social ni siquiera aparecen consideradas en la estructura económica nacional.
Lo mismo ha sucedido con el asunto educativo. Después de más de 60 años de haber definido una política educativa y cultural en valores, contrariamente la sociedad desconoce tales preceptos. Las conductas de la mayoría de los individuos se orientan mas hacia la deslealtad, desconfianza, intolerancia, agresividad, envidia y otros tantos patrones culturales que hacen que un país que continúa formándose en una política educativa sustentada en “valores”, mas bien reafirme cotidianamente dichas conductas. Independientemente de la discusión sobre la pertinencia de dicha política, lo cierto es que ahora, después de 60 años de haberla impulsado, el país figura como el segundo país mas peligroso y violento del continente, con una de las tasas de crecimiento mas bajas del planeta, con uno de los índices de desarrollo humano mas inferiores en el mundo y por si fuera poco, con uno de los mas bajos niveles de producción científica debido a su continua asimilación y ejecución de cualquier ocurrencia teórica, metodológica, pedagógica, educativa, económica o política que cualquier individuo, empresa o gobierno les ofrezca. Desde luego que en este país el problema de confundir, convertir y reducir la educación y el conocimiento a simples procesos operativos a la usanza de modelos técnico-procedimentales propios de las empresas de finales de mediados del siglo XX, tiene su explicación en el letargo del desarrollo del capital industrial nacional. La mezcla entre los residuos del capitalismo feudal y las pequeñas incrustaciones de capital industrial que ha experimentado el modelo económico nacional históricamente, han dejado como consecuencia en la sociedad civil y política el continuo deslumbramiento y adopción de modelos educativos, económicos y políticos superados desde la década de los años ochenta del siglo pasado.
En realidad aún quedan tantas limitaciones por resolver en el estado nacional, en tal sentido, en el espectáculo de las diferencias entre las distintas instituciones nacionales o entre los distintos poderes de la nación ejecutivo, judicial o legislativo, convendría que dichas controversias se acompañaran de discusiones serias sobre el devenir de este país, sobre un proyecto de nación conjunto que otorgue a El Salvador la dignidad y el respeto a todo lo que conforma la nación, la cual, sin lugar a dudas, merece por razones históricas el derecho a su propia autodeterminación y soberanía política, económica, educativa y cultural.
El problema de la gobernabilidad: las instituciones y sus escenas holliwoodescas.
Como he señalado en sinnúmero de ocasiones, El Salvador se construye mediante eventualidades circunstanciales, efímeras, temporales y significativamente amorfas. La cotidianidad de sus hechos políticos, sociales y económicos predominan en la esfera de las discusiones que día a día figuran en el interés de su población. Esta condición evidencia sin duda alguna, la desafortunada y lamentable inconsistencia e inmadurez de la administración pública nacional.
El asunto de la gobernabilidad confiere a los estados políticos la precondición de su funcionabilidad. Un país sin instituciones orgánicamente funcionales no puede considerarse gobernable. La gobernabilidad consiste en un proceso de retribuciones entre la vida política y administrativa. Cuando se trata de sociedades predominantemente determinadas por la esfera política, dichas sociedades reproducen en la vida administrativa las enormes carencias de la vida política, esto es, las carencias, limitaciones, rezagos y anacronías de partidos políticos que transfieren a la esfera política sus propias voluntades, interpretaciones y subjetividades. Con ello la gobernabilidad se expresa de manera más difusa, inconsistente y simétricamente opuesta.
Uno de los grandes problemas reales de este país consiste en el grave predominio que la esfera política tiene sobre las demás esferas de la vida nacional. Si bien es cierto, hace algunos años, previos a la guerra, este país había sido gobernado ampliamente por la esfera del poder económico de manera que algunos grupos de poder económico determinaban las formas de la administración pública y las formas de gobernar, después de la guerra y de las transformaciones políticas en el mundo, en países dependientes e inmaduros como El Salvador, los grupos de poder económico han tenido que incorporarse a la esfera de lo político para lograr la continuidad y ampliación de su poder. Ahora, las sociedades llamadas “modernas” han transferido mayor poder administrativo a la esfera de lo político, es decir, a partidos políticos, sindicatos, gremios y todos aquellos que hace apenas 30 años eran considerados como amenazas económicas. Todo esto, así como otra cantidad de elementos, han conducido a El Salvador a la lucha de orden político sobre el dominio y poder de lo administrativo. Lo interesante de esto, es que en este país, debido a su condición de improductividad y a sus enormes carencias de riqueza natural y material, esa lucha política no se presenta por el poder económico sino por el poder administrativo del estado.
Dicho de otra manera, el problema de la gobernabilidad en El Salvador debe explicarse a partir de las razones históricas que han hecho de este país una de las mas simples expresiones del mercado, es decir, de la compra-venta de cualquier cosa que sea traída del exterior. En ello figuran tanto las mercancías materiales,  tecnológicas, la reventa de productos maquilados, la importación de alimentos de todo tipo, la asimilación de cualquier idea externa sin referencia de lo propio y nacional, la adopción de modelos institucionales, educativos, técnicos públicos o privados que cualquier país que venda, en fin, en realidad cualquier cosa que sea vendida por otro país, este país la comprará, asimilará y pondrá en ejecución, algo muy parecido al reciclaje o reutilización de sólidos y líquidos.
En definitiva, no resulta extraño que las agendas de la vida nacional cotidiana sean puestas por esa lamentable dinámica. Así las cosas, el show y circo montado espectacular y semanalmente por instituciones publicas o partidos políticos no deja de ser una de las expresiones mediáticas y escenográficas en la gobernabilidad del país. Con seguridad, si el show de las dificultades entre el órgano judicial, legislativo y ejecutivo pierde interés social, esta semana habrá un nuevo escenario montado para el estreno de una nueva obra. Qué pena pensar una nación que no discute sobre el devenir y que solo se preocupa por las pupusas y el chilate que comerá al siguiente día. Esta es la cultura nacional, esta es, la identidad nacional.


[1] Rosas, María Cristina, De la seguridad internacional a la seguridad humana: un nuevo paradigma, Entrevista radio unam, Universidad Nacional Autónoma de México, México, 7 de abril, 2011.  
[2] Ibidem. Op. Cit.
[3] Ticas, Pedro, La sociedad salvadoreña: el paso de sociedad política a sociedad civil, Revista Arcoiris, México, D.F., 1994. Pág. 12
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  Pedro Ticas  
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