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Pedro Ticas  
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56. La ilusión del Sistema Político Salvadoreño: La imperativa reconversión de la cultura política neocolonial
La ilusión del Sistema Político Salvadoreño:
La imperativa reconversión de la cultura política neocolonial


Iniciamos el año 2011 con la perpetua esperanza que cada año inicie el proceso de transformación de un país mas acostumbrado a la cultura de los siglos anteriores que a la idea de pensar y construir una nueva nación. Sin duda que históricamente la sociedad salvadoreña ha dado muestras de una enorme capacidad de soportar los vejámenes que la historia le ha impuesto y que aparentemente serán eternos e inmodificables.   
Como siempre he señalado, pareciera ser que en este país la historia se repite día a día. Lo cierto es que dicho precepto no existe más que en las ideas oscurantistas de la evolución unilineal, del positivismo y constructivismo que no hace historia. La historia no puede repetirse nunca porque significaría aceptar la condición involutiva de los individuos y en consecuencia su condición primate. Precisamente, dicho calificativo reciben las sociedades rezagadas con relación a los llamados países desarrollados. Así sucede en países como El Salvador, recolonizados por la caridad internacional, el asistencialismo y la nula o escaza producción intelectual y material propia. Tal condición les condena a la eterna esclavitud, subordinación y dependencia de una sociedad formada y diseñada para la inmediatez, la improvisación y la subvaloración de lo propio. Dicho esto, la presunción de una sociedad articulada en función de la construcción de un proyecto de nación parece ser la más cara utopía de una sociedad sin rumbo, sin futuro propio.
Sin duda que el análisis de la economía, cultura, educación, salud así como de cada uno de los elementos que conforman la vida nacional resultan la expresión mas clara del reciclaje, el rezago y la discapacidad de ascender a nuevos niveles de desarrollo y discusión seria sobre los asuntos integrales del ejercicio de la administración pública. Nos hemos acostumbrado a las simulaciones del debate calificado sobre el devenir nacional. Como siempre, la atención ciudadana de la vida nacional depende de las noticias de un sinnúmero de acontecimientos cotidianos que ponen de manifiesto la simplicidad de un país que ostenta la ilusión del dominio tecnológico del mundo moderno pero que visto desde adentro y desde la conformación del mayor porcentaje su población, no expresa mas que el enorme rezago social de una sociedad con plenas características de provincia y hacienda. Pensar un proyecto de nación propio debe significar la construcción de modelos de desarrollo económico, social, cultural y educativo propio a partir del capital intelectual y material nacional, pensar el estado nacional debe ser precisamente eso, anteponer lo nacional en favor de la diversidad, lo multiétnico y pluricultural, en simples términos, pensar el estado nacional significa construir con dignidad articulando lo propio con lo ajeno, lo nacional con lo multinacional, significa transformar los siglos de dependencia y subordinación en nuevas formas de evolución.
En ese contexto y de acuerdo a las características de las relaciones sociales que presentan la mayoría de sociedades centroamericanas, la administración pública continúa siendo provincial y por demás anacrónica y premoderna. En el caso salvadoreño, dada la complejidad que el mundo globalizado adopta actualmente, en materia cultural, el surgimiento de identidades emergentes, reinventadas o recreadas por el devenir de su historia, se reorganizan en función de la territorialidad en la que desde luego, la municipalidad y las políticas que implemente en cualquiera de sus áreas administrativas, habrá de comprenderse en función de esos grupos emergentes y de su nueva composición étnica y territorial. “Sin territorio no puede pensarse ninguna identidad. Precisamente la constante lucha por el territorio define el sentido de pertenencia y expresión cultural de lo propio”[1]más allá de la acción misma de la autoridad, más bien, expresa detalladas formas de articulación sistémica entre gobernantes y gobernados, entre la totalidad de los trabajadores gobernantes y la sociedad civil gobernada, comprende de hecho, un sistema de símbolos, códigos y mensajes entre los que media la acción para satisfacer la necesidad social y transmitir la conciencia social de la acción misma”[2]. . Desde hace varios años he sostenido que discutir sobre Municipalidad exige superar las limitaciones del concepto Administrativo a la usanza de las haciendas del período Colonial incluyendo el lenguaje en el que todavía en pleno siglo XXI seguimos llamando “cascos urbanos” a las áreas urbanas. La municipalidad va “
 
Por su parte, toda Política Pública comprende al menos 5 elementos básicos que se definen  a través del Establecimiento de la Agenda Política, Definición de Problemas, Previsión, Objetivos y Selección de la opción, cumplir con ello significa  superar los enormes rezagos de su práctica cotidiana a la usanza colonial y hacendaria. Se trata de modernizar no solo las condiciones materiales de la actividad pública sino también, las obsoletas, voluntariosas, improvisadas y subjetivas disposiciones del discurso y la acción de los individuos que gobiernan lo local. Se trata de fortalecer la institucionalidad con el debido desarrollo técnico- académico al que siempre se opone la más despiadada y antipatriótica ignorancia. No cabe duda que política y municipalismo solo podrán encontrarse cuando en efecto los gobernantes dejen de ser y hacer las tareas propias de la sociedad civil gobernada y se dediquen en primer término a sus propias funciones políticas sin especulación, experimentación y aprendizaje. La nación requiere de partidos políticos modernos del SABER y el CONOCIMIENTO, de pensar y actuar con POLÍTICAS desarrolladas coincidentes con las nuevas sociedades urbanas, competitivas y competentes, tradicionales y humanamente desarrolladas.
 
Todo parece indicar que el presente año pre-electoral anticipa una fuerte descarga de simulaciones, discursos y contrapuestos entre los distintos partidos políticos. Apenas iniciado el año y ya nos encontramos en los albores de un período que promete convertirse en la “campaña de rendición de cuentas” de algunos y de simbolismos de otros. El juego ha comenzado. La eterna cultura de las simulaciones políticas que se producen en este país siempre que se acercan las elecciones pone al descubierto, al menos, aparentemente, la poca importancia de los partidos políticos por construir un estado nacional diferente, propio e independiente. Más bien, como lo he señalado siempre, la continua e histórica condición de dependencia que anteriormente no alcanzaba todos los órdenes de la vida sociopolítica nacional, ahora parece haber rebasado esos límites insertándose en casi todas las esferas de la vida pública. De nueva cuenta el carrusel de la oferta política de los partidos pone en evidencia la sostenibilidad del pensamiento más obsoleto de hacer política, de la inmadurez política y de las efímeras promesas cumplidas de lo político. Sin duda que pensar en la política salvadoreña significa pensar en la industria partidaria del círculo vicioso, anacrónico y por demás provinciano de la mayoría de aquellos que hacen política a la usanza virreinal. 
Sin duda que frente a tales vicios e inmadurez partidaria, los países industrializados sostienen su discurso de tratar a este país como niño enseñándole a aprender, a comportarse, a expresarse. De igual manera continúan dirigiendo el destino de la nación, corrigiendo y castigando cuando el país se porta mal, cuando no hace la tarea que le compete, premiándolo cuando se porta bien y no desobedece las normas, disposiciones y políticas socioeconómicas que le destinan. Desde luego que dicha condición tiene su propia historia, la historia de quienes han ofertado a este país y de quienes han terminado con el mismo. La historia de quienes han convertido la identidad nacional en una simple expresión de mercado en la que dicho sea de paso, ni siquiera ocupa un lugar importante en su propia venta. 
Precisamente en virtud de lo histórico debe examinarse la predominancia y en algunos casos, el determinio que la esfera de lo político ejerce sobre la administración del estado. Si lo político determina las variaciones de la vida económica, cultural, educativa, social y cultural de la población, entonces muy poco puede esperarse del desarrollo nacional en tanto la esfera de lo político no logre superar su condición histórica de lactancia administrativa. Poder y autoridad constituyen dos elementos articulados por su uso simbólico, pero diferenciados por su actividad. Desafortunadamente ambos cometidos son confundidos constantemente. Los partidos que ejercen la autoridad de gobierno trascienden lo público y el poder que les confiere esa autoridad transformándose en simple ejercicio partidario, lo que evidencia una lamentable confusión. Dadas las características de la inmadurez de la política partidaria nacional en la administración pública del estado, gobiernos, entidades e instituciones internacionales se permiten la autoridad y el poder de calificar a este país cada vez que lo desean tal como sucede con la mala calificación que recientemente otorgó a este país la Standar&Poors asegurando que en 2011 El Salvador solo crecerá el 0.1% debido entre otras cosas a la inestabilidad de la administración pública gubernamental. Independientemente que dichas aseveraciones no significan nada en un país que no produce nada y que solo sirve como enorme plaza comercial, lo cierto es que las intromisiones, valoraciones, consideraciones y mediciones de organismos internacionales que figuran como interesados en el desarrollo humano mundial, solo reiteran la validez de su existencia en países como éste en donde la necesidad de la caridad internacional es ya una de las formas de identidad nacional en la que aparentemente la esfera política solo constituye la administración de dichos bienes, dificultando con ello las correlaciones sociopolíticas entre lo público y lo privado.   Precisamente, en el contexto de estas correlaciones, las continuas manifestaciones sociales ponen nuevamente en evidencia la débil estructura política del estado nacional. Ciertamente las manifestaciones de grupos o sectores parecen no haber avanzado en el orden de sus funciones sociales, políticas y económicas. Todo indica que el rezago social de este país también se expresa en la precaria organización e inmadurez de las instituciones nacionales. 
La sociedad civil continúa sin encontrar su camino y función. Organizaciones civiles alteran su conformación y función cuando trascienden la barrera de lo civil y se insertan en la función de lo político. Desde luego que dicha alteridad responde a cientos de años de confusión, manipulación e inducción de sus falsas identidades promovidas y generadas por algunos grupos de poder nacional con claras evidencias feudales. Para comprender mejor la anacronía de la esfera política nacional basta con examinar lo que desafortunadamente llaman Sistema Político Salvadoreño, e l cual, sin lugar a dudas, resulta únicamente del imaginario nacional. La presunta existencia de dicho sistema no es más que una de las más grandes ilusiones del quehacer político de la sociedad. En realidad esto que llaman sistema, no refiere más que la pequeña y diminuta organización de simulaciones aisladas y desarticuladas de la función política que en todo estado maduro y moderno han sido superadas desde hace mas de 50 años. Sindicatos, gremios y asociaciones figuran plenamente al margen de la estructura de la organización política, quizás por ello, al amparo del desconocimiento de su papel en la estructura política, sus acciones y actos reconstruyen la antigua función del siglo XVIII de asumirse como intervínculo entre población y gobierno, entre gobernados y gobernantes. Dicha situación pone al descubierto que la sociedad en pleno no ha alcanzado la madurez política y que por tanto, las reconformaciones de grupos o sectores políticos todavía se fundamentan en la incoherencia entre sus funciones de identidad política y sus atribuciones de sociedad civil.
En simples términos, la estructura del estado nacional descansa en la población, en consecuencia, corresponde al estado político conferir a la organización social los instrumentos necesarios y funcionales para su participación en la esfera de lo político, de manera que al producirse dicha participación, la articulación entre gremios, sindicatos, partidos políticos, y gobiernos produciría el Sistema Político en el que todos los integrantes deben responder al cumplimento del funcionamiento del estado nacional en su conjunto y la responsabilidad de las acciones de gobierno se convierten en las propias acciones del estado nacional. 
 


[1] Ticas, Pedro, Jóvenes en proceso de inserción social, Corte Suprema de Justicia-Universidad Pedagógica de EL Salvador, 2006, Pag.57
[2] Ticas, Pedro, Políticas públicas: el reto de las municipalidades, Co-Latino, 18 de mayo 2006. Pag.13
Hora  
  Pedro Ticas  
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