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Pedro Ticas  
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63. El Salvador: De la caridad internacional y la violencia, al mercado de la Administración Pública
El Salvador:
De la caridad internacional y la violencia, al mercado de la Administración Pública


No debemos abordar el fenómeno económico si no entendemos el fenómeno cultural de una sociedad. Nada se construye fuera de las identidades o conformaciones culturales, de hecho, la respuesta a la organización social, familiar, económica, política, ideológica y otras tantas, deriva de la cultura. En este contexto, la sociedad nacional adopta una cultura de apatía y poca importancia por su devenir. En realidad este país constituye un espacio temporal para buena parte de la población mientras llega el momento de emigrar a Estados Unidos, viven y se identifican con el momento porque su sentido histórico responde al momento coyuntural, la eventualidad, la circunstancialidad, en tal condición, aparentemente, el proyecto de Nación luce muy distante del ejercicio conjunto de construir una sociedad con visión de futuro en el presente siglo, sobre todo a partir del reordenamiento económico mundial.

En el marco del desarrollo de la cultura nacional de vivir el presente, la inmediatez y la improvisación y en donde su producción económica apenas alcanza niveles domésticos, su función en la economía mundial estará destinada a las mercancías producidas por la mediana empresa Asiática, Europea y Estadounidense , en tal contexto, las pequeñas economías de hacienda como la salvadoreña dependen básicamente de tres alternativas: 1ª. mayor grado de dependencia económica de Estados Unidos y sus subsecuentes derivaciones de dependencia, 2ª. mayor nivel de centralización de capital, contrariamente a la práctica económica salvadoreña de concentración de capital y 3ª. incremento desmedido de vivir de la caridad y dadivas internacionales.

En el primer caso, se trata de una disputa comercial entre los grandes productores salvadoreños y los medianos productores estadounidenses. Naturalmente que la competencia es desigual debido a la calidad, volumen y capacidad productiva que tienen los medianos productores estadounidenses sobre los nacionales, condición que pone nuevamente en evidencia las mismas estructuras arcaicas del capital individual tradicional salvadoreño, ahora destinado a desaparecer como forma productiva. En el segundo caso, parece ser que una de las pocas soluciones para los grandes productores nacionales deberá orientarse a la expansión del comercio simple, es decir, oferta y demanda sobre la cuál conviene recordar que dicho comercio no se realiza fortuitamente. La oferta y la demanda presuponen la transformación del valor en valor comercial y cuando se desarrollan sobre una base capitalista, presuponen relaciones mucho más complejas que las simples operaciones de compra y venta de las mercancías. En realidad no se trata estrictamente de la transformación formal del valor de las mercancías en precio, o sea de un simple cambio de forma; se trata de determinadas divergencias cuantitativas de los precios comerciales con respecto a los valores comerciales y con respecto a los verdaderos precios de producción. En el tercer caso, como todos sabemos, desde hace más de 30 años, El Salvador sobrevive de la caridad internacional y desde luego de las disposiciones políticas, sociales y fundamentalmente institucionales que los países llamados donantes deciden sobre la administración pública, sociedad política y sociedad civil salvadoreña, por ello, desde hace años el mercado nacional ha perdido sentido para el gran capital, su meta se dirige hacia salvadoreños en el exterior y las mercancías que circulan en el país constituyen la extraganancia del capital, dicho de otra manera, no son las mercancías las que generan la ganancia ordinaria, sino la cantidad de capital circulante expresado en dinero lo que constituye la primara forma de ganancia del capital nacional e internacional. Dicha condición económica posibilita la hipótesis de suponer que este país pueda construirse con identidad y nacionalismo desde afuera, aunque eso implique el surgimiento de otro estado, es decir, LA REFUNDACION DE EL SALVADOR.


La venta demagógica gubernamental del modelo económico de mercado
El Salvador se sostiene de una economía de mercado auspiciada y sostenida por las remesas y las enormes masas de dinero que circulan con tanta facilidad y complacencia jurídica, política y gubernamental por este país, por ello en materia de productos, los fugaces destellos de la producción industrial que aparecen y desaparecen indican que este país se convierte día a día en el mercadito de las mercancías sobrantes de otras naciones elaborados con la más baja calidad. En medio de todo ello, resulta evidente que el impacto de una economía transnacional está preocupando substancialmente al capital local salvadoreño. Ciertamente, las razones de su preocupación son básicas e históricas. En la década del 50', la acumulación de capital se produjo a partir de formas económicas individuales en las cuáles la reproducción simple no generó riqueza nacional, esto ha generado que el capital individual desconfíe del nuevo proceso de globalización debido al temor de enfrentar a la competencia internacional que entre otras cosas, impone nuevas reglas de mercado con nuevos valores en los precios de producción. El concepto de Ciudad-Mercado es tan antiguo como nuestras propias culturas prehispánicas, es decir, mucho más antiguo que el concepto de mercado establecido por el mundo occidental. Desde los Olmecas hasta nuestros días, la majestuosidad del legado mesoamericano sobre formas de organización económica se traslucen en las formas de organización, codificación y articulación que los comerciantes organizan en espacios públicos tales como la calle, el parque o la puerta de sus casas; en este sentido, el espacio utilizado para vender y comprar adquiere matices singulares que van en el orden del encuentro entre la necesidad y la cotidianidad. Se trata de simbolismos de pertenencia, poder, prestigio e identidad que los individuos adoptan como estandarte para lograr el reconocimiento y posicionamiento por el que luchan, esto es, independientemente del diseño mercantil que impere y pese a los embates del modelo Occidental, la población aún sostiene formas sincréticas del concepto de mercado para el uso y simbolismo del mismo y de las relaciones que se generan en torno a ellos.
La sociedad mercado comprende diversos elementos de orden económico, histórico y sociocultural. En realidad, este tipo de sociedades van más allá de la simple organización productiva, comercial o distributiva, constituyen un complejo sistema de interconexiones simbólicas de poder, prestigio, territorialidad, pertenencia e identidad que hacen del mercado un simple punto de contracción entre la subjetividad del individuo expresada en el gusto y la objetividad de la relación con las cosas expresadas en la acción de compra, condiciones que desde luego no se expresan en esta sociedad más que en el discurso obsoleto, irreal y anticientífico de quienes dominan la esfera de la distribución de las mercancías y del propio dinero como mercancía. En simples términos, en sociedades de alto consumo, dependientes e improductivas como la salvadoreña, las relaciones mercantiles simples de compra-venta se desequilibran como resultado del aparecimiento de un grupo dominante conformado por distribuidores que imponen sus propias reglas, en tanto el resto de comerciantes cuyo capital monetario es insuficiente terminan por desaparecer o por aceptar las condiciones mercantiles impuestas sin que el gobierno y su aparato de poder estatal se interese por contrarrestar la anarquía económica salvadoreña a la cual parece estar más interesado en vincularse que en cumplir su función rectora.

La sobrevivencia de un estado gubernamental de vivir eternamente de la caridad internacional
Sin duda, que tal como ha sucedido con la historia de los pueblos pobres, en este país, su perenne condición de calamidad deviene de sus propias condiciones históricas, de la pobreza, explotación y condición de esclavitud a la que buena parte de los grupos de poder nacional han sometido a la población. Casas de cartón y lámina, condiciones infrahumanas, analfabetismo, condiciones insalubres, subdesarrollo, hambre y desnutrición constituyen apenas algunas de las características propias de casi la totalidad de la población salvadoreña. En ello, no hay diferencia entre los espacios territoriales, es decir, entre lo que insisten en llamar urbe y lo llamado rural, de hecho, aun en medio de esto que llaman ciudad, el grueso de la población vive en condiciones casi silvestres heredadas por más de 500 años.
Como siempre sucede, en las llamadas “emergencias” que dicho sea de paso se repiten cada año, son las familias más desposeídas, pobres y en extrema pobreza las que sufren los embates de la naturaleza que les impacta con mucho más fuerza debido a la fragilidad y vulnerabilidad de una sociedad que apenas comienza a constituirse como sociedad civil. Nos encontramos con un estado inmaduro, incipiente que apenas ha iniciado el proceso de convertirse en nación. Esta misma situación lo convierte en un estado sin proyección de evitar cada año que los hechos se repitan. En realidad, los fenómenos naturales logran mayor impacto en este tipo de país en el cual, el eterno llanto, lamento y suplica de la caridad internacional se convierte en una constante de su expresión cultural y su forma de sobrevivencia. Nos enfrentamos al problema cultural de la apatía y el menosprecio por la planificación, el conocimiento y la proyección hacia el futuro, nos enfrentamos a un estado político sin visión, sin compromiso y quizás sin capacidad real de control social. La idea de los estados fallidos parece tomar cada día más fuerza en este país. La idea de la inexistencia de instituciones gubernamentales serias, capaces y funcionales se fortalece cada día no solo por su ineficiencia sino por el uso exclusivo del discurso político que hace de su inmadurez la excusa y justificación perfecta de sus enormes limitaciones.
Como sucede cada año, la emergencia nacional forma parte insuperable de la agenda anual salvadoreña. La vulnerabilidad de la infraestructura, vivienda y otros tantos tiene sus causas en la política permitida sobre el uso antojadizo del suelo, del espacio y de los recursos naturales. Todo indica con plena certeza que para la llamada urbe no existe un diseño urbanístico, lo que realmente existe en este país es un diseño de la industria de la construcción que arremete contra el uso irresponsable del suelo y la apropiación irracional del territorio tanto en lo llamado urbano como en lo rural. Como he señalado en tantas ocasiones, esto que llaman el gran san salvador constituye en realidad un extenso paraje verde con incrustaciones simbólicas de lo urbano . Frente a tal condicionante, la vulnerabilidad de los más desposeídos se acrecienta porque el espacio, su uso y las políticas gubernamentales determinadas para ello no ofrecen nuevas formas de vida, inclusión, pertenencia e identidad con su medio. Dichas circunstancias obligan a la pobreza a la ocupación de espacios físicos irregulares construyendo viviendas a la orilla de ríos, quebradas y sitios de vida riesgosos. Pero por otra parte, debido a que cada año el fenómeno lluvioso causa los mismos estragos, en los mismos lugares, conviene advertir que la vulnerabilidad no se expresa únicamente en el diseño del espacio físico urbano y rural y en el uso del suelo sino también, en la incapacidad institucional, en la estrecha y corta visión de vivir el momento, lo circunstancial, en la continuidad de la dependencia histórica, en la vulnerabilidad y fragilidad de sus propias estructuras internas y en el peor de los casos, en el desinterés o inadecuado manejo de los recursos provistos por la caridad internacional y el pago del tributo ciudadano.
Lo cierto es que las condiciones de miseria, marginación, exclusión, hambre, desnutrición, analfabetismo y otros tantos, muy difícilmente pueden superarse en un estado político que históricamente ha sido organizado a partir de la inmediatez, la eventualidad y las circunstancias impuestas por las decisiones antojadizas de quienes poseen el poder nacional y por las muestras claras de su estructuración política cuasi-anárquica que depende de las voluntades, ocurrencias y percepciones propias de quienes dirigen el destino de este país.
Sin duda que los fenómenos naturales generan mayor impacto en sociedades que se refugian en su propia vulnerabilidad y fragilidad. El Salvador representa un claro ejemplo de dicho conformismo. Esta sociedad vulnerada constantemente por la naturaleza, modelos económicos, educativos, sociales y culturales externos ponen en contundente evidencia la inmadurez de un estado político que no alcanza a constituirse como nación, en tales circunstancias, la débil organización de las instituciones de estado resulta del mismo proceso histórico de su formación. Se trata de un país de réplicas constantes de casi cualquier cosa inventada o experimental extranjera. La vulnerabilidad nacional no tiene límites y la asimilación de tales condiciones se convierte en la excusa perfecta y permanente de sus propias limitaciones, ineficiencias e incapacidades. En el contexto de esta realidad y de la inexistencia de un proyecto de nación, la cultura de vivir de la caridad o dadivas internacionales relatan con más ahínco la reproducción de un estado menesteroso cuya cultura se reproduce en la población. A ello debe agregarse que cualquier préstamo termina siendo pagado por el pueblo, razón por la cual no debe ser entendido como el cumplimiento de la responsabilidad y atención que el estado político representado en el gobierno tiene con la población que gobierna, más bien, se trata del uso de figuras dirigidas al simbolismo mediático y político. En este país se han invertido millones de dólares y centenares de las llamadas capacitaciones en materia de medioambiente, protección civil y lo que llaman gestión de riesgo. De todo ello, nada o muy poco se hace visible y tangible.
Sin embargo, aún y con todas esas ineficiencias e incapacidades institucionales, debe reconocerse que en buena parte del país, han sido las Alcaldías Municipales las que realmente respondieron al fenómeno natural. Sin la organización territorial que las Alcaldías han desarrollado difícilmente hubiese sido posible responder a las comunidades y con ello salvar vidas. En realidad, ha sido el nivel de organización municipal de las alcaldías lo que ha garantizado que pese a las condiciones de extrema pobreza de esas poblaciones y a la incapacidad y falta de interés de un estado nacional por cambiar dichas condiciones de pobreza, hambre, desnutrición y miseria, el número de fallecidos haya sido mínimo. Parece no haber duda que buena parte de las Alcaldías han iniciado su proceso de convertirse realmente en instituciones serias y asumir la responsabilidad que sus funciones les exigen. El concepto de Protección Civil debe responder al concepto de estado-nación. La Protección Civil debe perder su carácter paternalista y asistencialista porque dicho carácter imposibilita el desarrollo de la población, suponer la protección civil como una esfera alejada de la participación ciudadana en los microterritorios y comunidades significa el claro anacronismo de pensar el concepto a la usanza de las posguerras mundiales. La Protección Civil implica la verdadera funcionalidad e inclusión en las políticas y planes de trabajo de todas las instituciones de educación, salud, vivienda, economía, cultura, en fin, de todas aquellas que se hacen necesarias para la vida funcional de la población. Conviene entonces, suponer que las Alcaldías han iniciado el proceso de madurez institucional y que eso permitirá el surgimiento de una nueva forma de estado político orientado a convertirse en nación. Conviene entonces suponer que aunque sea solo para emergencias, la figura política de Gobernador tendrá sentido funcional en el país. Quizás con ello, un día sea posible que este país obtenga el respeto internacional, pero particular y fundamentalmente, el respeto de la sociedad civil.
El Salvador: el país más violento del mundo, la gran noticia con más de 20 años
Como he señalado por más de 10 años, en el orden teórico habremos de clasificar la violencia desde tres tipos: la violencia directa, latente y la inducida . La primera se reconoce fácilmente porque se acompaña de la fuerza, agresión y estado de alterabilidad. La segunda queda en la posibilidad del uso de la fuerza que sólo en ocasiones se realiza. La tercera es quizás una de las peores formas de violencia porque llega a los individuos muy sutilmente sin que éstos se percaten de su inducción a través de algunos los medios, particularmente los televisivos, pero también la ignorancia genera otro de tipo de violencia que sutilmente socaba las identidades e historia de los pueblos, esto ocurre cuando estos pueblos reproducen las formas de Colonialismo y validan su coexistencia con la aceptación de su condición de esclavo, dependencia y subordinación. Aquí y ahora, posiblemente eso explica la complacencia de una sociedad y de un gobierno de vivir de la caridad, de la mendicidad internacional que genera más subordinación y dependencia. Aquí y ahora, esa parece ser la forma de violencia más cruel y antinacionalista, esa parece ser la forma más despótica de un estado que nunca inicia ni termina por reglamentarse, por ordenarse o por crear un proyecto de nación propio. Difícil condición sine qua non para una sociedad que ahora le dicen que resulta ser la más violenta del mundo sin reconocer que dicha violencia tiene sus causas en el anacronismo social auspiciado por una veintena de instituciones internacionales que han generado una cultura de la dependencia y esclavitud de la población a cambio de dadivas económicas, las cuales, sin lugar a dudas, deberían ser entendidas en esencia como el pago y devolución de cientos de años de adeudamiento moral y ético.
La violencia comprende la articulación y concatenación de múltiples elementos acumulados históricamente. La medición de la violencia no se expresa en el porcentaje sociométrico de la violencia física, del porcentaje de crímenes o asesinatos producidos en diferentes fenómenos, la violencia se produce y reproduce desde las estructuras mismas del diseño de estado. Instituciones ineficientes, incapacidad administrativa de las mismas, bajos niveles educativos, miseria, pobreza, anarquía económica y política, instituciones y cargos públicos inservibles, burocracia y otros tantos, constituyen empero, el surgimiento primario de expresiones de la violencia que de acuerdo al modelo socioeconómico, político y cultural adoptado por el país, terminan expresándose en violencia física. Ciertamente El Salvador es un claro y excelente ejemplo del surrealismo político, económico, social y educativo. Se vive el día a día en todas las esferas de la vida. Un estado político que no es un estado, sino la ilusión mal copiada de lo que lo conforma. Una actividad económica que resulta ser la máxima expresión de la anarquía solo superada por los pequeños feudos que controlan la gran hacienda. Un país que se conduce de acuerdo a lo que cada año trae buena parte de organismos internacionales, sin agenda propia, sin contenido propio de un proyecto de nación. Una sociedad que ahora se impacta por ser la más violenta, pero que en dos semanas habrá olvidado dicha calificación porque le importarán los temas triviales de siempre. El frio, el clima, los vientos, los jocotes, las pupusas o el chilate parecen ser las premisas de la vida nacional, del país que dice ser envidiado por toda Centroamérica. Esa es la plena realidad de un país en donde lo educativo, político y social apenas alcanza expresiones básicas, primarias, elementales. Préstamos gubernamentales ininterrumpidos, deuda pública que sólo puede ser pagada por cada ciudadano debido a que este país no cuenta absolutamente con ningún recurso que ampare un título-valor que no sea la venta in situ del país a cualquier mercader. Un país que solo llama la atención comprar por su ubicación geográfica o por las enormes facilidades anárquicas que ofrece para la circulación del dinero, en síntesis, un tianguis de 20,000km2 sin orden, sin valores, sin ética para buena parte de los grupos que ostentan el control y concentración del tianguis pero excesivamente marginador y discriminador para el resto de la población. Esa es la primera forma de violencia, la que se oculta en la retórica política, en la incapacidad, la antijuricidad y el desinterés que conjuntamente producen un solo significado: el Antinacionalismo.
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  Pedro Ticas  
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