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Pedro Ticas  
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84. Maras, Estado y Sociedad en El Salvador: el Mapa Ciudadano de Seguridad Social. Una construcción antropológica

Maras, Estado y Sociedad en El Salvador:

 el Mapa ciudadano de seguridad social. Una construcción antropológica

 


La violencia y la delincuencia

Desde 1996 a la fecha, la observancia de procesos, formas, expresiones y evolución diacrónica de la violencia, delito y delincuencia ha sido uno de mis principales intereses. Desde luego no he sido el único con dicho propósito. Mucho se han escrito, discutido y construido retóricas propias y ajenas sobre el fenómeno, sin embargo, posiblemente el método positivista del reduccionismo y pensamiento concreto al que se halla históricamente sometida la sociedad salvadoreña continua siendo uno de los principales obstáculos para la solución diacrónica del fenómeno. En realidad, lo teórico, a lo cual muy poco se le atribuye interés e importancia en la vida nacional, resulta siempre fundamental para el abordaje fenomenológico, sobre todo, en un país en donde finalmente se termina refiriendo y asimilando la teoría que otros producen. Por ello, el desprecio de algunos sectores sociales por el análisis teórico y particularmente por su sello de autodenominarse “concretos y prácticos” resultan ser contradictorios con la realidad. En este contexto, los fenómenos son abordados como Hechos, aislados unos de otros, como Expresiones Actitudinales de Individuos expuestos a sus propias voluntades que deben ser resueltas como Núcleo a la usanza de las Ciencias Naturales.  A dicha estructura de pensamiento debemos sumar el positivismo político cortoplacista de la inmediatez y la improvisación asimilado por una sociedad que sobrevive el día a día en casi todas las esferas de su vida institucional y familiar.  Esta condición de resolver lo circunstancial, eventual y efímero, el AHORA y no el MAÑANA, ha favorecido la asimilación de una cultura económica, política, social y educativa de responder a las manifestaciones de los fenómenos como EVENTOS AISLADOS convirtiendo dichos eventos en Hechos, sin la comprensión, articulación y concatenación del Todo. Como señala Bourdieu: “El hecho se construye; las formas de la renuncia empirista, de la misma manera que lo señala Marx cuando afirma que “la totalidad concreta, como totalidad del pensamiento, como un concreto del pensamiento es, in fact, un producto del pensamiento y de la concepción [...]. Es decir que el punto de vista crea el objeto”

[1]

Si construimos el Objeto en oposición a las formas empiristas de comprensión de las Cosas y los Hechos, entonces lo Concreto es una expresión de la Totalidad, es decir, es la Síntesis de diversas Concreciones que llegan a Concretarse por virtud del Método de comprender los fenómenos en su totalidad para explicar su particularidad. Visto de esta manera, la forma de entender los Hechos impuesta por el Positivismo y sus condiciones de razonamiento dejan ampliamente en la orfandad la totalidad del pensamiento, reduciéndolo al pensamiento primitivo-concreto de la observancia de la realidad. Esto significa que la violencia se halla unida al subterfugio de argumentar que se trata de expresiones actitudinales individuales, disimiles al comportamiento del resto de la sociedad. En oposición a dicho pensamiento concreto, el pensamiento abstracto demanda observar los Hechos no como Cosas, sino como conformación de identidades de particularidades y singularidades sociales, jurídicas, económicas, culturales e históricas. Se requiere de su construcción epistemológica, es decir, concatenada y explicada en función del Todo Social en sincronía con la etapa evolutiva de la sociedad salvadoreña que actualmente se encuentra en “transición de sociedad política a sociedad civil”.

[2]

Tratar los Hechos como Cosas va más allá de una reflexión filosófica. Implica también la intervención de otros elementos sociopolíticos, sociojurídicos y socioeconómicos. Si los Hechos son abordados como Cosas, la intervención de las instituciones del estado o de la sociedad civil no pasará de ser temporales, inmediatistas y empíricas, peor aún, no dejarán de ser eternamente dependientes, sin identidad propia y su dignidad dependerá siempre de otros, de los dueños de su existencia económica y administrativa. Así las cosas, el Positivismo deja de ser una simple doctrina. Se convierte en una visión y construcción del mundo de quienes lo profesan. Se convierte en un concepto de estado político, educativo, social, y cultural que arrastra sus propias limitaciones filosóficas y epistemológicas.

La mediación social no es tarea del Estado

La mediación de lo social se resuelve por lo social. La mediación sólo es posible entre fuerzas iguales, en tal sentido, los conflictos, problemas, diferencias o contrapuestos en la sociedad civil solo deben ser resueltos por la misma interactividad de sus gestores. El estado político no interviene en dicha condición debido a su posición rectora. Esa misma posición no puede normar la relación de un grupo social sobre el resto, el papel rector del estado consiste en la normatividad para todos los grupos, para la organización de su coexistencia en virtud y función de una sola, esa es, en última instancia, la conformación del estado.  Dicho de otra manera, la mediación de los conflictos de la sociedad civil pertenece a la sociedad civil, a su capacidad de organización y transformación de su propia realidad. No requiere de la intervención del estado porque no pertenece a éste el papel de mediador, si no, por el contrario, el papel determinante de incluir en su propia expresión y conformación los intereses de particulares. El estado surge para la defensa del interés particular. La concepción positivista de suponer que el estado “defiende los intereses de todos” no aduce más que una ilusión propia de la subjetividad ideológica.  Su organización jurídica, política, cultural y fundamentalmente económica, está provista de la legitimidad de la defensa del interés particular, por tanto, la única forma de colectivizarlo implicaría su propia disolución, su propio desaparecimiento, en tanto, “la anatomía de la sociedad civil hay que buscarla en la economía política”[3], entiendo que el estado solo administra los bienes y el cuido de los intereses de sus verdaderos propietarios. Pero además de los asuntos políticos del estado, también se hallan intrínsecos los valores formados por la reproducción de la cultura de los grupos que dominan la esfera del estado, tanto del administrativo como el económico. Empero, afortunadamente, en contrapuesto a dichos determinismos, no siempre lo económico resulta determinante para la producción del mundo. El mundo también se produce mediante las ideas, los colores, las formas, las figuras, las sensaciones y emociones, el mundo por fortuna, todavía resulta una construcción de lo humano.  La cultura es más que una contemplación folklórica del arte y la creatividad. Define y constituye el principio de identidad que se expresa en la institucionalidad llamada familia, estado o gobierno, y precisamente en su diversidad se conforma su unicidad objetivada a través de la conducta, el comportamiento y la forma de entender y explicar el mundo

[4].

“En lo teórico, la institución se define por su sentido, legitimidad y función. La Institución como forma, constituye un  símbolo, imagen; como contenido, debe ser resultado de los intereses individuales manifiestos en el todo social. Precisamente una vez cumplida su función de representatividad de los intereses individuales alcanza nuevos logros al colectivizarlos, en consecuencia, la institución se desdobla en institucionalidad en el momento que los individuos alcanzan su identificación con las instituciones, cuando reconocen en dichas instituciones la seguridad de sus propios intereses”[5], dicho de otra manera, mientras cada ciudadano no vea representado su interés en cada institución de la sociedad política o sociedad civil, muy difícilmente podrá alcanzarse la institucionalidad del Estado y por tanto, muy poco o casi nada podrá lograrse en virtud de los intereses de la colectividad.

En el caso salvadoreño el problema resulta mayor debido a la historia repleta de precariedades administrativas del estado que vista de manera general podemos resumir en 5 condiciones: 1) desarticulación entre gobierno central y municipal, 2) desarticulación entre municipalidades, 3) ausencia de instituciones de estado en territorios municipales, 4) marginalidad e inmediatez administrativa y 5) precarios planes de gobiernos municipales con enfoques de producción económica, cultural, social y educativa. En el mismo sentido, la Gobernabilidad como instrumento político debe orientarse a resolver el conflicto entre la necesidad y libertad, es decir, entre individuo y colectividad mediante la administración, misma que sólo tiene efecto si los individuos alcanzan su vínculo con la institución (principio de libertad), en caso contrario, la gobernabilidad sólo aparece como expresión del imaginario (principio de la necesidad) y los individuos sólo buscan la satisfacción de sus necesidades de manera espontánea, coyuntural o empírica. El plano Político se resuelve fácilmente, esto es, mientras lo ideológico no modifique sus acciones políticas y continúe imponiéndose  a la organización social (sociedad civil), la política como expresión de la institucionalidad y la gobernabilidad no alcanzarán mejores intervínculos sociales con pleno ejercicio democrático.   

El riesgo de la institucionalidad ideológica de la Violencia y la Delincuencia

Es indudable que hoy en día, la violencia política se convierte en verdadero insumo comercial de algunos medios de comunicación y en consecuencia el mismo sujeto se convierte en actor de violencia; pero también se hace violencia, cuando se obstaculiza la inteligencia, creatividad y las más elementales formas de expresión humana...no cabe duda que esa es una de las peores formas de violencia, la que se oculta en el atrevimiento de la ignorancia. En su sentido más estricto, el concepto de violencia es predominantemente ideológico. Refiere un acto de orden psicológico, social y cultural en el que de acuerdo con el entorno histórico y temporal del individuo, la violencia puede expresarse de forma física, simbólica o subjetivizada por los mismos individuos, en tal sentido, la violencia es la reproducción ideológica de quienes ejercen el control sobre el medio que forma y educa a los individuos[6]. Así pues, en el orden teórico hay tres tipos de violencia: directa, latente y la inducida. La primera se reconoce fácilmente porque se acompaña de la fuerza, agresión y estado de alterabilidad. La segunda queda en la posibilidad del uso de la fuerza que sólo en ocasiones se realiza. La tercera es quizás una de las peores formas de violencia porque llega a los individuos muy sutilmente sin que estos se percaten de su inducción[7] . Precisamente, en esta última se corre el riesgo de convertir la violencia en institucionalidad, es decir, en conducta, comportamiento y estado permanente de alteración tanto en el plano personal como colectivo. Mensajes, códigos, señales, signos y otros tantos pueden convertirse peligrosamente en significados y significantes ideológicos que permiten que los individuos produzcan y reproduzcan la violencia en claro ocultamiento a sus propios miedos, inseguridades y desconfianzas generadas por la cultura de esclavitud asimilada por más de 500 años de colonización, subordinación y dependencia.   

El concepto “delincuencia” implica la comisión de un delito previamente pensado y articulado mediante el uso de métodos coercitivos violentos, o mediante métodos simbólicos o psicológicos (nivel interno) y posteriormente la realización del acto (nivel externo). Sobre ello, el delito adquiere tres características básicas que se expresan en su tipicidad, antijuridicidad y culpabilidad, pues puede haber acción u omisión; ésta puede ser tipificada, es decir, descrita por la ley penal y ser antijurídica, es decir, oponerse en forma objetiva al derecho, poniendo en peligro o lesionando intereses jurídicamente protegidos, y puede ser dolosa y culposa, superando la antigua confusión jurídica que creía que la inimputabilidad era presupuesto de la culpabilidad, más bien, la imputabilidad es un presupuesto de la punibilidad. La Criminología explica sus propias formas de entender el acto. Se basa en cuatro elementos substanciales: 1) Análisis y observación de la realidad, 2) al autor del delito, 3) a la víctima y 4) el control social. El estudio criminológico de un acto debe ser visto como fenómeno social, es decir, como parte de un Todo que se explica a partir de observaciones interdisciplinarias agrupadas en función de lo que corresponde a los distintos momentos de las principales corrientes de pensamiento de la criminología: 1º. Clásica (ser humano racional), 2º. Positiva (biológica-tratamiento), 3º. Clínica (estudio de la personalidad del delincuente), 4º. Organizacional (análisis de las instituciones, normas, costos sociales, delito, represión), 5º. Integracionistas y 6º. Críticas (causales estructurales-grupos de poder). Pero fuera de toda concepción criminológica que desde luego debe ser pertinente y apropiada a la realidad de cada sociedad, el asunto de la delincuencia presenta sus particulares expresiones. El asunto no se resuelve fácilmente. En países llamados “del tercer mundo” y calificados como esclavos, débiles, primitivos o salvajes, el problema de la delincuencia no está sujeto a sus propias conformaciones, en ellas se encuentran de manera intrínseca, las responsabilidades históricas de los países autodenominados “de primer mundo” a los cuales se continua entregando oro por vidrio, dignidad, nacionalismo, identidad y riquezas naturales por espejismos e ilusiones tecnológicas. Sumado a esto, la asimilación y padecimiento de eternas enfermedades biológicas, sociales, culturales, económicas y educativas que siempre se acompañan de préstamos o dadivas. Este es quizás uno de los principales problemas históricos de El Salvador: la persistencia en un modelo económico, político, cultural y educativo  concentrado y centralizado en algunos pequeños grupos de poder económico a la usanza del siglo XIX con residuos de capital individual que limitan y excluyen al resto de capitales. Esto permite establecer un parangón con la Globalización en la cual  las ganancias que el sistema produce no se aplican para todos, lo que si se globaliza con facilidad es el hambre, la violencia, delincuencia, delito, dependencia, guerras, miseria, desnutrición, enfermedades, analfabetismo y hasta cierto punto, el comercio de la deshumanización[8].

El determinismo internacional que supedita la esclavitud y al nacionalismo

De acuerdo algunos teóricos, el concepto de Seguridad Ciudadana debe ser cambiado por “Seguridad Humana y desarrollo humano”[9], aduciendo que lo ciudadano está más vinculado al concepto de “orden público”, es decir, al carácter propio de las políticas públicas a la usanza de “Fred Frohock que indica que los tomadores de decisiones siempre deberán seguir su aplicación conductiva, regulativa, distributiva, redistributiva, capitalizable y ética”[10]. Esto significa su impulso desde el centro del poder político, económico y cultural. Ciertamente lo humano no riñe con lo ciudadano. Ciudadano es todo aquel que habita un territorio, indistintamente de su procedencia, origen étnico o su nacionalidad.

Este siglo, como los anteriores, impone sus nuevas formas de comprender y concebir el mundo. Lo multiétnico, multicultural, pluriétnico y pluricultural no son sólo términos de clasificación antropológica. Su carácter multiexpresivo les concede una posición en las realidades de cada sociedad. El discurso sobre la homogeneidad étnica y sociocultural de los Antropólogos Culturalistas del siglo pasado, ha sido rebasado desde su propio nacimiento. El mestizaje y la multiculturalidad al interior de los pueblos han existido siempre. Debida cuenta, su Sincretismo Cultural ha servido históricamente para la creación de mecanismos de resistencia frente a los embates del capitalismo voraz y excluyente, racista y discriminativo. Ahora, el mundo se torna más complejo, más disímil y sus procesos de transformación dejan de ser lentos y unilineales, surgen, emergen y se suscitan con velocidad. Pero también con esa misma velocidad desaparecen si no se encuentran estrechamente articulados a sus propias territorialidades, a sus propias esferas, a sus propias estructuras de identidad.

Sin lugar a dudas, las razones históricas, hambre, pobreza, analfabetismo, etc., constituyen un verdadero nicho para el delito y la delincuencia. La misma globalización a la que nos referimos anteriormente, no ha sido una solución, por el contrario, se ha convertido en una esfera más de la alteridad de la vida social, económica y cultural de los pueblos pobres. Pero simultánea, diacrónica y sincrónicamente surgen otra cantidad de elementos asociados tanto a pobres como a ricos. Si la División Internacional del Trabajo de la Segunda posguerra mundial y la Globalización han mapeado las funciones y formas de participación de los países pobres y ricos, ¿por qué las soluciones a las  limitaciones de los países pobres no pueden ser mapeadas?, es decir, ¿por qué no surgen soluciones de acuerdo a las propias localidades territoriales para traducirlas en desarrollo económico, político, cultural y social?, ¿cuál es el interés de continuar desmembrando a los individuos de su territorio, de su concepto de Estado-Nación, de su identidad?, ¿Quiénes ganan y quienes pierden con el desaparecimiento de los Estados-Nación?

 
El desaparecimiento de las Constituciones Políticas Nacionales

En primer término habremos de señalar que el concepto de Estado indica teóricamente, una condición política de soberanía e independencia, mientras el concepto de Nación indica la propiedad y derecho de los pueblos de ejercer su práctica y organización de lo económico, cultural, social, jurídico y educativo de acuerdo a su propia concepción del mundo.  Pues bien, está claro que si los Estados-Nación desaparecen, esas formas de organización de lo jurídico, económico, cultural, educativo, etc. habrán de desaparecer con ellos, dando lugar y espacio para que intereses de bloques hegemónicos puedan intervenir en las sociedades en todas las esferas de sus vidas. Aquí y ahora, la dependencia va adquiriendo nuevas formas de esclavitud dominada por una especie de Estado Supranacional que gobierna a toda la humanidad. Al respecto, en un trabajo publicado en 2007  “El concepto de Estado-Nación en países dependientes”, señalé el peligro que significaba el fortalecimiento de grupos, sectores o clubes de poder hegemónico sobre el resto de los países, y de cómo, el orden jurídico deja de ser nacional y adquiere matices internacionales en función de los intereses de quienes dominan la actividad económica, cultural y educativa del planeta. Los grupos dominantes transnacionales condicionan las transformaciones de las Constitucionales Nacionales de los países dependientes a cambio de dadivas y préstamos. Promueven la internacionalización (globalización) de la vida jurídica, económica, política, ideológica, cultural y educativa en función de sus intereses. En tal sentido, para dichos grupos, pareciera ser que el concepto de Estado-Nación se convierte en un enemigo de lo transnacional y por tanto, solo queda su desaparecimiento. Pero también, existe un factor más que se les convierte en obstáculo: la clase media. En lo jurídico, algunos grupos que ostentan el poder, insisten en el “cambio de las reglas” o “tener las reglas” jurídicas claras. Las reglas ¿de qué y con respecto de los intereses de quién?, ¿acaso se trata de facilitar la anarquía jurídica nacional a cambio de ceder territorio para los intereses transnacionales?, ¿seguimos cambiando Oro por Vidrio?, en tales circunstancias, pareciera ser que el único destino de los Estados-Nación se reducirá a convertirse en Gendarmes, policías, en estados represivos de lo que pueda ser interpretado o leído como atentatorio a los intereses de lo transnacional y a quienes hayan pactado el orden jurídico con ellos, sin ninguna regulación.  

 No debemos olvidar que a mediados del siglo pasado, el sistema capitalista ensayó como solución a su problema de sobreacumulación, el fortalecimiento de la clase media, particularmente en países con déficit monetario. Ahora parece que dicho ensayo se ha convertido en una dificultad debido a la generación de múltiples grupos económicos que pasaron de la exclusión mercantil al fortalecimiento comercial y productivo, posición que desde luego ha significado la reorientación de capital financiero y monetario hacia otros grupos económicos. Con ese fortalecimiento buena cantidad de las áreas del comercio se han multiplicado y diversificado tanto en la clase media como en sectores populares que sobreviven de dicha actividad. Pero además, resulta que no solo sirve para sobrevivir. También se han generado enormes masas de dinero local sobre la cual no han podido ejercer control los grupos de poder económico tradicional tanto en el plano nacional como internacional, en tales circunstancias, el Mapa Económico Internacional ha sido modificado.  Paradójicamente a la lógica del capital tecnológico e industrial, la tradicional industria del armamentismo, química, bacteriológica, cibernética, satelital y un sinnúmero de modalidades, se encuentran actualmente minimizadas por efecto del crecimiento desmedido del capital comercial y mercantil. Los dueños iniciales del capital mercantil están perdiendo terreno frente a sus propias invenciones. Pero el problema no consiste en las invenciones, sino, en las soluciones que ésas hipotéticamente aportarían al mundo globalizado. Hoy, los pobres son más pobres y por intermedio del capital mercantil, la clase media se ha generalizado sin alcanzar óptimos niveles de desarrollo educativo y cultural. Se han convertido en simples términos, en los consumistas perennes de cualquier producto producido. Así que entonces, la globalización y su sentido de Mapa Económico Internacional ha provocado, entre otras cosas: “1)aniquilamiento del aparato productivo histórico, 2)falta de generación de empleo, 3)marginación de la pequeña producción manufacturera-no maquiladora, 4)dolarizaciones en países mercados de grandes capitales, 5) rompimiento de microproducciones manufactureras-no maquiladoras…”[11].

 
La ilusión y los espejismos de lo nacional

En este contexto internacional, el problema de la Seguridad Ciudadana, entendida como la conjunción satisfactoria de todas las necesidades humanas (salud, educación, cultura, recreación, economía, vivienda, etc.), ya no es tema únicamente de cada país. De la misma forma que se han globalizado las mercancías, telecomunicaciones, información, telemática y otras tantas, así también se ha globalizado el problema de la Inseguridad Ciudadana en la cual no solo se violenta la seguridad física, sino también humana. Seguridad Social, Ciudadana y Pública, comprende tres definiciones que en sentido práctico, refieren las mismas necesidades con atenciones y tratamiento particularizado. En simples términos, dadas las condiciones que impone el Contexto Internacional, en materia económica, al potenciar las clases medias y el comercio, la Globalización también ha abierto brechas para la generación de espacios de movimientos de capital que no son controlados por los grupos de poder internacional. La masa de dinero que circula en la esfera del comercio y sus diversificaciones ha generado que el dinero se mueva con más facilidad y rapidez en países autodenominados con “economías libres de mercado”.  Precisamente, son esos países los que ahora presentan mayores niveles de conflicto social al interior de la sociedad civil. Mientras el estado no intervenga en la circulación de las grandes masas de dinero, muy difícilmente podrá efectuarse el control necesario del volumen de capital que circula en los distintos espacios, los cuales, en última instancia, deben ser provistos y transformados sincrónicamente al modelo económico adoptado.  

Independientemente de las serias limitaciones del modelo económico adoptado en este país, el estado requiere de la creación de las condiciones socioeconómicas y culturales necesarias para la reproducción. Lo cierto es que dicho modelo no puede aplicarse de igual forma en sociedades industrializadas que en sociedades con hambre histórica, marginación y subsumidas en la esclavitud, suponer que dichas condiciones se han superado solo puede ser producto de la ilusión y fantasía de creerse integrado a un mundo globalizado equitativo.

 
La construcción del Mapa ciudadano de seguridad social

Conviene señalar que los apartados anteriores sobre el asunto del Estado, Globalización económica, cultural y jurídica, así como la Seguridad Ciudadana, deben configurarse en una misma concepción de lo nacional al menos en 5 ámbitos de desarrollo: 1) territorio, 2) contexto, 3) institución, 4) comunidad y 5) familia, todos ellos que articuladamente configuran  la organización de lo que denominamos “Mapa ciudadano de seguridad social” en función de la reducción de la violencia expresada en el delito, el acto, la actitud y el comportamiento social.

El Territorio constituye uno de los principales símbolos de identidad, sentido de pertenencia, poder y visión del mundo, entre otros elementos. Controlar el territorio significa tanto el control de lo propio como lo ajeno. Esto implica la obtención de múltiples símbolos de prestigio, control ideológico, económico o cultural de las relaciones sociales. En el caso salvadoreño, la llamada economía de libre mercado parece una abstracción para casi la totalidad social. Solo parecen gozar de ella quienes usufructúan y controlan sus beneficios. Ese modelo económico entonces, no es más que la ilusión de bienestar social. En tales circunstancias, el territorio se halla estrechamente articulado al modelo económico. Los territorios adquieren matices, características, identidades en la esfera mercantil, en las cuales, se vende todo lo que se puede comprar. Ese, es el resultado del descontrol del mercado. No puede exigirse que el estado controle la distribución de cualquier mercancía en medio de un modelo que se dice “libre”, es una contradicción. Hay que cambiar el modelo económico si el estado desea controlar los territorios, o por el contrario, hay cambiar la forma de estado, sus atribuciones y sus obligaciones.

Pensar  el territorio en función de la Seguridad Ciudadana significa transformar el paisaje natural y el hábitat social. Sin ello, muy difícilmente encontramos asociación entre las políticas públicas entorno a la seguridad y el desarrollo humano como estandarte fundamental de la nación. En realidad, la modificación del paisaje habitacional, social, educativo y cultural de la sociedad dista mucho del discurso económico. Este país continúa siendo un extenso paraje con leves incrustaciones simbólicas de urbe con tendencia comercial. Lenguaje, comportamiento y conducta expresan dicha condición. Este estado, no ha transformado dichas condiciones en más de 50 años. El rezago de su infraestructura, vivienda, salud, educación y todas las condiciones que hacen posible la existencia del desarrollo humano se profundiza con mayor énfasis, sobre todo en aquellos sectores geopolíticos, culturales, económicos y educativos con mayor marginación histórica.  Dado que El Salvador es un país pequeño, las condiciones geográficas, socioculturales y jurídicas favorecen la migración y creación de corredores del delito, el cual se diversifica y se proyecta a largo plazo. Esas condiciones sociales y jurídicas que constituyen la logística principal de la violencia y delincuencia, deben transformarse, sin logística, no hay posibilidad de sobrevivir. En tal sentido, quizás, la principal solución consiste en determinar y actuar en responder al menos a dos preguntas: ¿a dónde va tanto dinero?, ¿quiénes se capitalizan realmente?.

Lo cierto es que el Estado Salvadoreño ha invertido muy poco o casi nada en lo nacional. Las modificaciones al diseño arquitectónico de la vivienda y medios de vida de la población se deben a la migración, de la cual, dicho sea de paso, se ha aprovechado el capital de la industria de la construcción y financiero. A esto sumamos, el encarecimiento de todas las condiciones que hacen posible los procesos migratorios, lo cual indica un claro cinismo de quienes dicen interesarse por el desarrollo humano nacional. El Salvador, se ha convertido en un tentempié para la mayoría de la población. Como señalé en un estudio de hace 12 años, el Oriente del país solo tiene dos proyectos de vida: sobrevivir en su localidad y Estados Unidos, el resto del país no existe como identidad, como atractivo de interés hacia el futuro.

 

Pero dicho tentempié también aparece en otros grupos de poder económico que han convertido la nación en un lugar de paso, en el tianguis más inicuo del área centroamericana. Ese es, entre otras cosas, uno de los principales problemas de la relación territorio-comercio. Por ejemplo, el comercio en la calle desprovisto de atractivos y condiciones higiénicas y materiales apropiadas. Plásticos negros, latas, cartones, bambú, tablas y otros tantos que evocan las peores condiciones de sobrevivencia. Espacios en la llamada “urbe” propensos a la apatía, descuido y cotidianidad infrahumana de quienes los utilizan como medio de vida. Eso, y más, constituyen tanto los establecimientos, puestos fijos y semifijos. Desde luego que se trata de una cultura de la esclavitud de sobrevivencia asimilada durante siglos de marginación e indolencia de un Estado en total apatía a construir  espacios decorosos y atractivos para el consumidor. En simples términos, el país se ha convertido en un tianguis de 20,000 km2 susceptible del surgimiento de cualquier uso y apropiación del espacio para la realización de cualquier forma de comercio, de cualquier mercancía.    

 

No puede entenderse el territorio sin su Contexto. Las condiciones del territorio no se modifican ipso facto. Requiere, primero, de la transformación del contexto que le otorga la existencia y Segundo comprender que ahora  las realidades de contexto no están circunscritas solo a lo local, dependen de lo regional, lo nacional y lo internacional, es más, algunas realidades han rebasado lo nacional para depender directamente  de lo internacional, particularmente en materia económica. Así las cosas, lo local está puesto en función de lo internacional, pero lo internacional no se ocupa de solventar las precariedades y problemas de lo local. Esa asimetría geopolítica devora la localidad mediante el enfrentamiento y confrontación interna hasta que la desaparece.  El contexto no surge solo. Se establece a través de la interdependencia de lo macro con la microunidad familiar, la cual carece de instrumentos necesarios para su articulación con una sociedad envolvente que succiona sus modos de vida. Cada unidad familiar posee su propio Contexto, y éste a su vez, se convierte en un micro contexto del entorno. Servicios básicos precarios tales como agua, sistema de drenaje, diseño habitacionales feos, costosos, con materiales de construcción de baja calidad, uso del suelo inadecuado, montaje de infraestructuras inadecuadas, mezcla y desorden del uso del suelo (vivienda, comercio, producción, etc.), crecimiento amorfo del hábitat, dicho de otra manera: asfixiante crecimiento de la cultura del hierro y el cemento

En medio de esa relación territorio-contexto surge el concepto de Institución. No debe confundirse la institución con la institucionalidad. La primera constituye un instrumento público o privado del estado en pleno. La segunda, como señalamos anteriormente, se alcanza mediante la identificación de los individuos en las instituciones, esto es, la asimilación ideológica de observar en las instituciones la representación de sus intereses y solución de sus necesidades. Mientras esto no sucede, muy difícilmente puede hacerse referencia al concepto de Institucionalidad de las instituciones.

¿Pero qué sucede en un país con déficit institucional de más de 5 siglos? Históricamente, buena parte de las instituciones han sido objeto de constantes usos y desusos. Esto ha generado su propia desarticulación, inconsistencia sistémica y en consecuencia su propia vulnerabilidad.  Su protagonismo ha dependido de coyunturas, estados críticos y disposiciones internacionales. Esta esfera, propia del estado político vigente en cada tiempo, ha configurado una especie de “cultura del olvido” o “contracultura de la historia” en casi todos los órdenes del estado nacional. Así también, la conformación de la capital como Centro de Poder Administrativo del Estado  a la usanza Colonial interpuesta por pequeñas escaramuzas de quienes históricamente controlan lo rural. Con tal desconexión y eventualmente contraposición entre lo rural y lo urbano, buena parte de esas instituciones sobreviven y subsisten con esfuerzo desmedido de no desaparecer, de cumplir con su cometido. Empero, las condiciones históricas pesan sobremanera sobre sus estructuras.

El diseño de la organización territorial tradicional, disfuncional y predominantemente desarticulado del Estado han impactado  definitivamente a las instituciones. Los Municipios  que deberían ser Centros de Producción en  todas las esferas de la vida, han sido reducidos a simples configuraciones poblacionales, dormitorios o espacios de ocupación temporal sin arraigo, sin identidad; convirtiéndolos en gasto público sin rumbo, sin orientación, sin proyecto de nación. En términos económicos, el municipio  no es capaz de generar las condiciones para que su población produzca el PIB en su propia localidad, por ello el eterno déficit municipal de ingresos por tasas e impuestos se ha convertido en el llanto eterno de la administración pública. Aunque hipotéticamente el problema de las Alcaldías como símbolos de Institución Gubernamental local se halla intrínsecamente articulado a su perenne precariedad económica, también pesa mucho sobre ellas el modelo Colonial de Gobernanza. Su desvinculación con la población y demás instituciones gubernamentales (en caso existan en la localidad) es uno de los principales obstáculos.

El municipio constituye la primera forma de identidad territorial de cada habitante, lo que implica que en tanto no encuentre en ese espacio la solución de sus problemas y la identidad necesaria, los municipios se convertirán en el nicho perfecto para la apropiación de cualquier grupo de interés. Desafortunadamente, el circulo de dependencia de lo macro nacional pasa imperativamente por lo micro. El modelo Colonial anacrónico del diseño urbanístico, habitacional se desvincula plenamente de la esfera de desarrollo educativo, cultural, económico y político de la población. Eso, que sucede en el plano nacional, no es otra cosa que la reproducción de lo micro, de lo municipal, lo cual, en última instancia constituye lo nacional.

 

Pero pareciera ser que lo Municipal ha sido entendido como una abstracción, como el espacio sideral ajeno a la totalidad de la realidad, como si existiera una configuración de lo nacional en total desarticulación. Esto, que refleja el concepto de estado nacional, se reproduce en las instituciones. Igual desarticulación de lo nacional, igual desarticulación institucional. El desarrollo de isletas disfuncionales en materia territorial, política, económica, administrativa han conducido al predominio de la disfuncionalidad de un estado que no es la expresión de todos, sino, solo de él mismo.

Por su parte, la Comunidad, un diminuto territorio en el cual converge la heterogeneidad cultural, económica y social, también constituye una de las más fuertes representaciones de lo rural y lo urbano, de lo que no logra diferenciarse a pesar del auto calificativo de “gran san salvador”.  La apariencia de lo urbano con fuerte arraigo rural en lenguaje, concepto del mundo, comportamiento y conducta genera serias dificultades a la población para asimilar procesos de intervínculo entre el diseño “urbanístico” y los recursos, accesibilidad, uso, dominio y control sobre el medio. Las contradicciones derivan en la falta de interés, identidad y sentido de pertenencia de la población a esos espacios en los que habita, por ello, los centros comerciales se convierten en instrumentos de distracción-consumismo, mientras las relaciones sociales intracomunitarias se fracturan, se rompen y desaparecen por la intervención de la apatía, desinterés y aislamiento de sus propios pobladores.

Así las cosas, en esos centros comerciales y de consumo encontramos población vinculada a un mundo ajeno, a excepción de sus propios sueños e imaginarios de pertenecer al mundo de otros, de lo otro.  Esos imaginarios se rompen cuando regresan a sus lugares de vivienda, a sus comunidades. La carencia de servicios básicos como el agua, red vial, sistemas de drenaje, materiales de construcción de calidad en sus viviendas, predominio del paisaje habitacional deprimente, ausencia de espacios para la creación y recreación armoniosa con lo humano y lo natural, entre otros, significan el constante y violento rompimiento con su comunidad con la cual no terminan de identificarse porque esa comunidad se ha convertido en un lugar de paso, en la estadía obligada por las circunstancias. La población se relaciona predominantemente con la imagen de lo irreal, con lo que se muestra en los escaparates. Convive con el mundo de lo laboral y habitacional, y de ambos solo construye uno: el de la sobrevivencia.

Frente al uso ideológico de la pobreza y 500 años de esclavitud, a los espejismos y venta de ilusiones hacia la población, así como al improperio a la esperanza,  los nuevos retos políticos del estado consisten en reagrupar y reorganizar el concepto de comunidad, colectividad, solidaridad, esta última, distinguiéndose en dos formas. Primera, la denominada “Sociedad Arcaica propia de la “solidaridad mecánica” en sociedades primitivas en donde los individuos se solidarizan por semejanza y segunda, la Sociedad Moderna propia de la “solidaridad orgánica” en la cual se alcanza la cohesión social por la solidaridad funcional los individuos”[12]. En definitiva, la Comunidad es un Todo. El Todo material e inmaterial, los mismos códigos que les dividen constituye el instrumento perfecto para su cohesión. La unicidad de su solidaridad, articulación y coexistencia de un mismo proyecto de mundo y de vida se halla en su propia rebeldía, en los mismos elementos que la fracturan. Todo ello pasa por la Familia, sin su intervención, la comunidad es solo una nomenclatura.

La Familia, representa el primer nicho social de los individuos. Toda su organización familiar se halla reproducida en la macro esfera de la sociedad y el estado, por esto, es origen y producto social. Así que entonces, toda forma de relación endógena (interna) y exógena (externa), deriva de los otros, pero también se origina en la familia misma. Cada miembro del grupo familiar puede optar por un camino diferente, el cual no resulta de su ocurrencia, sino, particularmente, de la concurrencia del mundo social externo. Pero siendo la familia el origen de las formas de organización que los humanos adoptan en su ciclo de vida, también resulta ser la unidad final del ciclo de organización de toda la sociedad.  En ella se expresan los avances o rezagos del desarrollo humano en cualquiera de sus formas. Aquí y ahora, la probable desorientación o desinterés de forjar una patria con proyecto político propio impacta a cada segundo todas las formas de vida.

Consciente o inconscientemente, la ausencia de un proyecto de nación propio no se convierte en una abstracción filosófica. Acontece en la cotidianidad de las personas, en lo laboral, familiar, social, interpersonal, económico y cultural. Si se trata de la ausencia de un proyecto de nación por interés y decisión de algunos grupos de poder económico o ideológico, el problema adquiere dimensiones mayores porque en este caso, la pobreza, analfabetismo, baja educación, improductividad, esclavitud o dependencia se convierten en el mejor negocio para quienes ostentan el poder en cualquiera de sus formas (político, administrativo, ideológico o económico).  En tales condiciones, el diseño político de los bienes naturales y humanos del estado deben orientarse hacia las microunidades familiares tanto por su función y carácter de reproducción biológica como también por capacidad de transformar el micro territorio en donde habita o produce. La familia es, en primera y última instancia, el principal objeto de transformación social. De sus funciones, mecanismos y asimilación del modelo de estado, de penderá la integración de sus individuos.

 

[1] Bourdieu, Pierre, El oficio del sociólogo, Ed. Siglo XXI, Argentina, 1975 págs. 51-81.

[2] Ticas, Pedro, La reconversión el estado salvadoreño: un proyecto de nación propio. Segunda Parte,  Co-Latino, Viernes 16 de mayo de 2009. pág. 11

[3] Marx, K. Crítica del programa de Gotha, Carta de Marx a W. Bracke, 5 mayo de 1875, México, FCE. 1978.

[4] Ticas, Pedro, Cultura y Política: la herencia detrás del futuro, Ed. AMMT, México, 1992, Pág. 210

[5] Ticas, Pedro, Cultura política, violencia y medios. El inframundo cultural de la inseguridad: la institucionalidad del miedo, Co-Latino, martes 16 de octubre, 2007. Pág. 19

[6] Ticas, Pedro, Jóvenes en proceso de inserción social: una aproximación socioantropológica, Ed. Corte Suprema de Justicia de El Salvador-Universidad Pedagógica de El Salvador, 2003.

[7] Ticas, Pedro, Socioantropología de la violencia: los genes y las teorías de la conducta heredada (criminología biológica), Co-Latino, El Salvador, Noviembre de 2001.

[8] Ticas, Pedro, El Salvador: el fin de la globalización en países dependientes y de baja productividad. Primera Parte, Co-Latino, jueves 27 de febrero de 2014. Pág. 20.

[9] Escobar, Santiago y otros, La seguridad ciudadana como política de estado, Sur, 2004. Pág. 5. En: http://library.fes.de/pdf-files/bueros/chile/06789.pdf

[10] Citado en: Garza Salinas, Mario, Políticas públicas y seguridad en el marco de la acción del estado, Ed. UNAM, Págs. 108-109. http://biblio.juridicas.unam.mx/libros/1/419/11.pdf

[11] Ticas, Pedro, El Salvador: el fin de la globalización en países dependientes y de baja productividad, Co-Latino, viernes 28 de febrero, 2014. Pág. 14

[12] Durkheim, E., La división del trabajo social, Ed. Colofón, México, 1985. Pág. 222

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  Pedro Ticas  
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