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Pedro Ticas  
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59. La visita del Presidente Barack Obama a El Salvador: entre el show, la realidad y la dignidad
La visita del Presidente Barack Obama a El Salvador:
 entre el show, la realidad y la dignidad

Tal como anticipé sobre la visita del Presidente Obama a El Salvador, dicho paso por la región solo tendría dos propósitos. Primero, el problema del narcotráfico visto como peligro para la seguridad nacional de Estados Unidos y no necesariamente como problema para la estabilidad social salvadoreña y Segundo, el fenómeno de la inmadurez y deficiencias de las instituciones nacionales. Sobre el primer punto parece que todo acabó con el ofrecimiento de 200 millones destinados para toda la región y en el Segundo caso, todo indica que los estadounidenses continuarán tratando este país como sociedad inmadura y precaria con evidentes señales de deficiencia administrativa pública.
Los signos eran claros. La agenda de trabajo se convirtió en agenda protocolaria a la usanza de una visita de cortesía o de paso. La interactividad esperada entre los sectores de la sociedad nacional con el presidente Obama aún queda pendiente. Triste papel y condición la expuesta por una nación que se ufana de pertenecer al mundo de lo moderno, tecnológico y en vías de desarrollo. Lo cierto es que en el contexto de la visita el mensaje parece ser inequívoco: “Estados Unidos sigue considerando este país de la misma forma de hace dos siglos”. Al respecto la pregunta obligada consiste en saber si los estadounidenses consideran a este país como una finca de 20,000 km cuadrados o si resulta valido el titulo de nación y estado nacional. Dicha pregunta no resulta de lo imaginario sino de la observancia sobre las formas de relación que estados unidos adopta con este país. Franz Boas, un antropólogo alemán radicado en estados unidos y padre de la corriente culturalista estadounidense sostenía que los “ pueblos rezagados son aquellos pueblos cuyas actividades están poco diversificadas, cuyas formas de vida son simples y uniformes, y cuya cultura en su contenido y en sus formas es pobre, e intelectualmente inconsecuente"[1], conviene entonces determinar si desde esos preceptos puede estados unidos tomar en serio un país con las características económicas, culturales, políticas y sociales como las de El Salvador que le condujese a la preparación de una agenda política mutua con dignidad y respeto de manera que la sociedad humana, cualquiera sea su estado de desarrollo, puede analizarse como un sistema compuesto de cuatro subsistemas: el sistema biológico, el económico, el cultural y el político[2].
 
Como he señalado desde hace años, todo indica que el único interés de estados unidos en este país se reduce a la ubicación geográfica nacional, es decir, a la condición geopolítica salvadoreña, ventaja que al menos debería aprovecharse para el posicionamiento propio de una negociación mas equilibrada ya que la economía doméstica y sobrevivencia nacional resulta totalmente incipiente en el contexto de otras economías y aunque en este país circulan grandes masas de dinero, la pobreza, miseria, subalimentación y hambre, continúan siendo los iconos de tantos organismos internacionales que han encontrado en El Salvador un excelente vivero. Ciertamente, aunque el mundo mágico y escénico montado durante la visita del presidente Obama aparentó una connotación distinta, los resultados de dicha presunción desvirtuaron el montaje de un ritual imaginario que solo alcanzó el mínimo de compromiso de ese país hacia El Salvador, por ello, la figura wollywoodesca que resulta de la visita de incorporar a El Salvador a un programa de cuatro naciones subdesarrolladas y hambrientas, no hace más que reafirmar la posición y condición internacional de este país frente a la nueva división internacional del trabajo que le continua significando su eterna condición de subordinación, dependencia y caridad.
Se trata del interés estadounidense en la posición geográfica que este país ocupa a la cual, desde luego, le acompaña el interés por normalizar un estado administrativo que en ocasiones muestra pequeños destellos del mas claro absolutismo o contrariamente la mas evidente anarquía en donde el estado político solo aparece como mediador a través del discurso. En simples términos, se trata de institucionalizar las instituciones y de ellas derivar la institucionalidad de los individuos con el propósito de disminuir los índices de violencia, la improductividad económica y el enorme rezago educativo nacional.
En realidad en materia económica muy poco será el interés de Estados Unidos en una sociedad subsidiada por migrantes, donaciones, préstamos, hipotecas y caridad. Parece estar claro que El Salvador no tiene nada que ofrecer a los intereses de grandes capitales estadounidenses, mas bien, como lo señalé en 1993, después de los Acuerdos de Paz, figuras tales como el Tratado de Libre Comercio, Inversión tecnológica, modificaciones al orden jurídico y otros tantos, tomarían un lugar en la nueva composición del estado salvadoreño de posguerra. Dichas apreciaciones se convirtieron en realidad con la firma del TLC de El Salvador con varios países del área. Ahora, quizás convendría sugerir al presidente Obama una nueva forma de la administración pública, la modernización del pensamiento político-partidario y el proyecto de nación para este siglo. Pese a las condiciones deplorables del estado nacional, debo insistir que en materia económica no habrá proyecto de nación mientras no exista una política orientada y fortalecida hacia el crecimiento de la micro unidad territorial[3]. Municipios y cantones deben ser el objeto del crecimiento económico, la estabilidad política administrativa del estado y la modernización, sin ello, muy difícilmente podemos pensar en el desarrollo salvadoreño y menos aun, en el control social sobre la violencia y la delincuencia.
La visita del presidente Obama debe significar la auto devolución de la dignidad, identidad y proyección de la nación. La realidad salvadoreña se ha modificado. El país requiere de decisiones serias conjuntas, con proyección sustentada en el respeto y el desarrollo social, cultural, educativo y económico de los distintos sectores que conforman el estado nacional a los que sin lugar a dudas, debe considerarse como la estructura del estado nacional. Debida cuenta, el siglo demanda nuevas conformaciones políticas. La cultura de la caridad debe ser sustituida por la productividad, esa es, la principal tarea de los gobiernos herederos o productores de la cultura de la dependencia y la subordinación, esa es, en definitiva, la tarea de todos.
 
La constante y recurrente cultura política de la inmediatez
Como ya es sabido por todos, este país ha sobrevivido los últimos 30 años de la cultura de la inmediatez y su constante recurrencia. Tales conductas políticas, económicas, culturales, sociales e institucionales tienen profundo origen a partir de tres elementos. Primero, la herencia colonial, Segundo las consecuencias asistencialistas y comerciales que la guerra ha construido y Tercero, la inexistencia de un proyecto de nación que vislumbre con claridad el horizonte salvadoreño.
En el primer caso de la herencia colonial nos enfrentamos a una triste conformación de algunos grupos de poder con enormes carencias y rezagos culturales y educativos. Desafortunadamente, la condición de mercader ha pesado mas sobre sus propias historias que sobre la historia de sus hechos. Dicha condición refleja el débil posicionamiento de algunos grupos criollos con relación al fortaleciendo y desarrollo de sus similares centroamericanos, por ejemplo el caso Costarricense. La falta de patriotismo, identidad y fortalecimiento de lo propio en El Salvador ha provocado las más disfuncionales formas de organización del estado nacional, el cual, hasta la fecha, todavía no logra asimilar y comprender el concepto de Institucionalidad, nacionalismo e identidad cultural. La venta, empeño, hipotecas o regalías de lo nacional certifican con precisión el olvido y desinterés por lo propio, de manera que  convendría saber qué recursos posee El Salvador y de qué manera se comercializarán en este siglo. La respuesta no es fácil dado que la lista de recursos resulta tan precaria o “en vías de extinción” que quizás es el termino mas pertinente en lugar del engañoso concepto de “en vías de desarrollo” utilizado para referirse a este país.
En el segundo caso, las consecuencias de la historia política nacional y del conflicto armado produjeron la cultura del asistencialismo en una sociedad históricamente negada a su desarrollo y destinada al abandono y el olvido. Con ello, en la mayoría de la población, la cultura del asistencialismo obtuvo los primeros lugares y buena parte de los grupos políticos llamados gremios, partidos, asociaciones y otros, iniciaron nuevas formas de organización colectiva de la actividad política. Desde luego que esto favoreció enormemente el desarrollo político de la sociedad pero provocó de manera contundente el rezago social de población generando en ella el desinterés, despreocupación y apatía por su calidad de vida y la solución de problemas de orden social tales como delincuencia, violencia, economía, relaciones socioculturales y otros tantos.
En el tercer caso, los indicadores sobre la carencia de un proyecto de nación propio aparecen con clara evidencia. El Salvador es un país que sobrevive de respuestas eventuales y coyunturales a los problemas, de hecho, tal como sucede con la población que cada mañana llega a la tienda a que le fíen o vendan los plátanos, huevos, queso y pan francés para el desayuno, así también la política nacional se encarga de responder con generalidades a problemas particulares, de vivir el momento sin pensar el futuro, conducta que desde luego resulta de la ineficiencia histórica del estado político nacional conformado por sus tres poderes.
Dicho lo anterior, posiblemente las nuevas figuras, matices o montajes escénicos de unidad que el estado nacional pueda crear en este momento para solucionar problemas que ex presidentes y gobiernos anteriores no han resuelto en años, ahora podrían interesar muy poco a la mayoría de la población. Mano dura, reformas de ley y otras tantas figuras continúan siendo escaparates políticos inmóviles, inertes y descendentes en virtud de las realidades de lo nacional, de lo singular. Sin embargo, pese a las razones históricas de tantos escenarios creados para la población, siempre resultan pertinentes los supuestos teóricos de pensar la posibilidad de construir una nueva nación, con horizontes y clara cosmovisión e identidad propia de sus conformaciones políticas, culturales, institucionales y gubernamentales. 
El poder económico y su nueva participación administrativa en el estado
En una nota editorial de hace algunas semanas señalé que la campaña política electoral había comenzado y que este año revelaría algunas conductas inusitadas. Durante mucho tiempo he sostenido en distintos escritos que la historia nacional ha dependido predominantemente del factor económico, es decir, de grupos de poder económico que han resuelto su acumulación de capital a través de su estabilidad política por medio de la esfera del estado, esto es, el gobierno y todo lo que hace a la administración pública del país. Ahora ese modelo parece agotado, las sociedades han debido intervincularse obligatoriamente por la globalización y los pequeños feudos y señoríos ya no podrán quedar al margen de las reorientaciones y disposiciones socioeconómicas internacionales. Ahora tendrán que ser esas mismas estructuras de poder económico las que participen en la vida administrativa del estado para asegurar sus intereses; contrariamente a ello, quedarían sujetos a cambios internacionales repentinos que pondrían en peligro su continuidad de poder nacional.
El fenómeno parece muy claro. La administración pública del estado, es decir, la tarea prevista por el gran capital nacional y encomendada a pequeños grupos, sectores o personas no esta siendo bien realizada y amenaza con perder la continuidad de esquemas políticos, sociales, culturales y económicos antiguos desfavorable para quienes ostentan el poder real en El Salvador, de manera que posiblemente asistamos en los próximos meses y años a la constante incorporación de personas de grupos de poder en la administración pública del estado. Frente a tal posibilidad, la reconformación de la estructura del estado llamada población merece apreciaciones teóricas con especial interés.
En el caso de la conformación política de la realidad nacional, los mismos cambios internacionales indican la exigencia de un nuevo diseño de la actividad política de quienes la ejecutan constantemente y de quienes dependen de esa ejecución. En 1989 describí las nuevas formas que la actividad política demandaría para el siglo XXI. Se trata del diseño de políticas de individuos y no de masas. Esto significa que los partidos políticos comenzarán a depender más de personajes que militen en sus filas y que hagan política, que de la militancia de grandes masas. Las nuevas estructuras de los partidos políticos ya no serán las grandes cantidades de personas sino que estarán conformadas por individuos que figuren de manera personal en la política, economía, cultura, academia o por prestigio personal. Esto se hace más crítico en países como El Salvador con escasos liderazgos y figuras de prestigio reconocidas por sus aportes intelectuales o materiales. En ese orden, el voto electoral dependerá predominantemente de la calidad, prestigio o reconocimiento de los candidatos y no del partido que representa, por ello, el instrumento político utilizado para la asención a la esfera política denominado partido, asociación, gremio u otro, deberá constituirse en un ejercicio de ley constitucional que permita a la sociedad civil la verdadera participación democrática en la administración del poder. 
Ciertamente, para los intereses de la estabilidad política internacional requerida por los países industrializados, en sociedades tan pequeñas como la salvadoreña, el diseño de nuevas formas de organización política nacional puede resultar mucho mas viable y confiable, de hecho, aquellos partidos políticos tradicionalmente numerosos podrían reducirse en su militancia en virtud de las nuevas estructuras políticas de la administración publica y la sociedad política de manera que dichas formas modificarán en muy poco tiempo la estructura de los partidos orientado predominantemente hacia el prestigio, poder o autoridad que los individuos ostenten en función de la sociedad civil. 
 


[1] Boas, Franz, cultura y primitivismo, Ed. Eudeba, Buenos Aires, 1967. Pág. 156
[2] Bunge, Mario, Ciencia, técnica y desarrollo, Ed. Sudamericana, Buenos Aires, 1997.
[3] Ticas, Pedro, Políticas públicas: el reto de las municipalidades, Co-Latino, jueves 18 de mayo 2006. Pág. 18
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  Pedro Ticas  
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